- Drug use: resolutions and ruptures
- Program
- Sexuación y semblantes: ¿Mujeres anoréxicas, hombres toxicómanos?
- Note
- Algo peor que un síntoma, Mauricio Tarrab
- A lei fálica e o fora-da-lei da toxicomania, Sérgio de Mattos
- Le cas Y. Drogue, angoisse et sexuation, J-L Aucremanne
- Una neurosis en suspenso (del estrago al síntoma), Marcelo Mazzuca
- L’homme au vélo, Nadine Page
- La niña bonita, Juan Ramón Lairisa
- Soy Carla, no Carlos!, Silvia Salvarezza
- Mortel ennui, Jean-Marc Josson
- De la ruptura a la resolución del partenaire sintomático, Fabián Abraham Naparstek
- Modalidades del estrago, Andrés Borderías
- La solución toxicómana en un caso de erotomanía, Silvia Botto
- El Goce y el Otro, Neolid Ceballos
- El Superyo como imperativo de goce, Natalia Andreini
- Un encuentro postergado, Daniel Coppola
" Sexuation " is the word chosen by Lacan to indicate this complex framework within which the subject makes the choice of a sexed identification. Imaginary and symbolic sides of the identifications enter into this choice and come into play as well as the real of jouissance. It is precisely starting from his theory of jouissances that Lacan will make the distinction between phallic jouissance and the Other jouissance to indicate the two sides of sexuation.
It is at this crossroads that the market offers offers new objects " ready to enjoy" among which there are drugs. The fundamental question which will guide our work in this workshop is the following: What use does the subject make of drugs faced with this situation which brings up the choice of sex?
On one hand we have a precious reference from Lacan which situates drugs as what allow the breaking up of the " marriage " with the phallus (1). According to this same perspective, J.-A. Miller indicates that the jouissance of drug addiction passes neither by the Other nor by phallic jouissance ; he proposes that " drugs allow the problem of sex not to be posed " (2).
If the phallic function is the reference which distinguishes these two jouissances, we ask ourselves:
- Does the use of drugs by certain subjects place these subjects in an impasse concerning the choice of their sex? Is it the solution they find in order not to make this choice? Perhaps sometimes these subjects these subjects choose this exit-door in order not to be confronted with the question of the sexed partner?
- Are they looking to annul the difference between the jouissances?
On another level, from the perspective of 'the Other that doesn't exist" and faced with the absence of guarantee that sexual reality supposes, we can ask ourselves further questions:
- What is the function of drugs for subjects who present phenomena of "push to the woman", of transexualism and the symptoms of sexual impotence, frigidity, etc?
- What is the status for certain subjects of the "new" addictions like ludopathies, multiple drug abuses, sex via the Internet, etc. ?
We are the ones who are interrogated. It is to these questions and to others that we will try to respond on July 20th 2002 in Paris, starting from what the psychoanalytic clinic has taught us.
1- Lacan, J., Intervention lors de la session de clôture des " Journées des Cartels " de l'EFP en 1975. Lettre de l'Ecole Freudienne de Paris n° 18
2- Miller, J.-A.,
" Para una investigacion sobre el goce autoerotico ", in Sujeto, Goce y Modernidad, Ed Atuel - TyA, Buenos Aires, 1993, p 18.
" Pour une recherche autour de la jouissance autoérotique ", Analytica n° 57, Navarin Editeur.
The use of drugs: solutions and breaks
Salle 253, avec traduction simultanée français-espagnol (anglais passif)
El viernes 31 de mayo tuvo lugar la presentación del libro Sexuación y semblantes: ¿Mujeres anoréxicas, hombres toxicómanos?, organizada por la Biblioteca de la Escuela
De la orientación lacaniana y el Departamento de Toxicomanía y Alcoholismo asociado al ICBA. Los comentarios estuvieron a cargo de Diana Wolodarsky y Daniel Silitti mientras que Norma Barros coordinó la reunión. Fue ella quien inició la presentación haciendo una historia de las publicaciones del TYA: a los dos primeros volúmenes titulados Fundamentos de la clínica (1993-1994), le siguieron De la monotonía a la diversidad (1995), Más allá de las drogas (recopilación de trabajos realizados por D. Silitti, E. Sinatra y M. Tarrab entre 1992 y 2000), otro en 1998 hasta llegar al actual bajo la coordinación de S. Botto, F. Naparstek y L. Salamone. N. Barros subrayó cómo la aparición de un sexto volumen habla de la persistencia del trabajo que se viene realizando y remarcó, hacia el final, cómo a través de la lectura de estos trabajos es posible constatar el modo en que los analistas de la EOL responden al malestar en la cultura y al padecer del sujeto de la modernidad.
Diana Wolodarsky inició su comentario con una reflexión respecto del título; hablar de “sexuación” y no de “sexualidad” implica plantear una discontinuidad entre el cuerpo biológico y la elección sexuada, así como decir “semblantes” y no “ser” da cuenta del modo en que se intenta circunscribir el vacío del sujeto y de cómo cada cual se las arregla para vestir ese vacío. La segunda parte del título remite, a su entender, a una pregunta engañosa pues supondría que hay goces para cada sexo o sexo para cada síntoma. Sin embargo los autores desmienten esa ilusión ordenadora de los goces, ilusión producto del mercado y del Otro social. Así toxicomanía y alcoholismo son presentados como nominaciones que vienen a suplir la falla del significante fálico y la mayoría de los textos se orientan hacia un consentimiento de la normatividad fálica marcada por la castración. Así uno de los casos es ejemplar respecto de la afirmación de Lacan que hace de la droga aquello que permite romper el matrimonio con el pequeño pipí. En otros el lugar de la droga como objeto tapón que ofrece completud encubre la amenaza que para estos sujetos representa la vía del amor en tanto obliga a pasar por la castración siempre evitada. Hacia el final del recorrido, el del libro y la presentación, D. Wolodarsky subraya la enseñanza extraída: que sólo se accede al “no hay relación sexual por medio del semblante” y que este acceso es a construir pues no es cuestión de destino en términos de anatomía.
Daniel Silitti destacó que el texto muestra que es lo que el psicoanálisis y los psicoanalistas pueden y, quizás deben, hacer en la era de la globalización pues los trabajos reunidos son testimonios precisos y audaces del lugar del psicoanálisis y de los analistas respecto del capitalismo. Dado que la estructura del discurso capitalista forcluye de lo simbólico todo lo que tiene que ver con el amor, reconoció que el trabajo se vuelve arduo y requiere de ingenio y audacia. El tema del amor que introduce en el sujeto la vía del padre, la relación entre el goce Uno del cuerpo verificado en la toxicomanía y la anorexia y el Otro goce (femenino), la insistencia en los hombres toxicómanos en ausentarse a la cita con el falo o la peculiar “hora de la verdad” en el encuentro con una mujer así como la dificultad en la asunción de los semblantes de la sexuación en algunas mujeres anoréxicas fueron algunas de las cuestiones privilegiadas en los diferentes trabajos.
La noche concluyó con un balance respecto al espíritu de continuidad que el TYA ha logrado trasmitir no sólo a través de las permutaciones en los equipos de trabajo sino también a través de la Escuela en su conjunto pues sus enseñanzas han alcanzado a otros de sus integrantes que no forman parte del TYA.
Graciela Ortiz Zavalla
We publish here the texts presented for the Day of TyA. The last four will not be read for reasons of time or by the impossibility of the author of travelling to Paris. They are also published given their great interest
Jacques-Alain Miller en su texto Cloture (1989) , retitulado por él mismo para la traducción castellana(1) Para una investigación sobre el goce autoerótico, define los términos de un programa de investigación alrededor del “problema sexual”, problema que la droga evitaría que se formulara como tal.
Hugo F.Freda, en un texto clínico que ha sido orientador para nosotros, La toxicomanie: un symtome moderne (2) , había ya demostrado la importancia de la identificación al “Soy toxicómano” como respuesta precisa y moderna a la cuestión.
Eric Laurent en Cinco puntuaciones sobre la toxicomanía(3) precisa la evidencia de pensar a la droga como una formación de ruptura, con lo que abre el campo de su diferenciación con el síntoma freudiano (formación de compromiso).
Problemas…soluciones…rupturas…
Estos tres avances teóricos y clínicos se derivan, con una precisión implacable, de la tesis de J. Lacan sobre la droga de 1975, que ha sido desde entonces un faro en la tormenta, pero el sentido de cuya luz no era fácil de descifrar.
Me atrevo a decir que lo que hemos abierto con nuestro trabajo,que como quería J.A.Miller, es un campo de una investigación que se sostiene, es deudor de estas tres puntuaciones fundamentales. Están allí los problemas que hoy seguimos tratando de cercar. Las soluciones y rupturas que hemos podido aislar en lo que la clínica de los toxicómanos nos enseña.
Si nuestro movimiento más enérgico fue introducir la dimensión sujeto en el problema, abriendo una nueva perspectiva de clínica de las toxicomanías, interesando a los psicoanalistas en esa práctica, poniendo en su lugar a las cuestiones sociales; con eso también percibimos allí los límites del psicoanálisis.
La ubicación, en un trabajo de contrapunto que hemos sostenido con Ernesto Sinatra y Daniel Sillitti, de la función del tóxico(4) y de la operación toxicómana(5) se derivan de allí.
Ahora estamos bajo otro marco la de una Clínica de la Sexuación que nos provoca a plantearnos las cosas de un modo que nos devuelve a los fundamentos de nuestra investigación. Tomamos para eso el giro que J.A.Miller nos indica al ubicar lo que él mismo llama “una mutación en la Enseñanza de Lacan”. Una clínica de la sexuación,diferenciada de una clínica del sujeto. Una clínica que toma como referencia el Síntoma y que parte de la diferencia sexuada (lo hétero-sexual) y no de la homosexualidad del sujeto, para dar cuenta de lo a-sexual del goce. En ese marco se debe también atender la relación entre Identificación y Sexuación. Esta perspectiva nos hace explorar ahora una zona donde verificar que la droga también puede ser “…una aflicción peor que un síntoma” (J.Lacan El Sinthome 1976) . Cuando la droga reemplaza la aphlicción de la relación del sujeto con el falo, esa solución es su estrago. El estrago de “un goce que vale más que la vida”(6) .
UNA MUTACIÓN
S.Freud, en un texto tan temprano como lo es La sexualidad en la etiología de las neurosis, escrito en 1898, define lo que de manera directa o mediante unos rodeos, hemos tratado de situar con el trabajo de elaboración colectiva, realizado durante estos años en el TYA
“...no todo el que ha tenido la oportunidad de tomar durante un lapso morfina, cocaína, clorhidrato, etc ., contrae por eso una “adicción” a esas cosas. Una indagación más precisa demuestra por lo general que esos narcóticos están destinados a sustituir – de manera directa o mediante unos rodeos – el goce sexual faltante...”.
Trataré de enmarcar lo que quiero decirles, extrayendo algunas consecuencias, las que puedo extraer, al giro en la enseñanza de J.Lacan que J.A.Miller viene trabajando en sus ultimos cursos, en especial : El partenaire-S y Lo Real en la experiencia analítica.
Lo haré para pensar, en relación la toxicomanía tomada del lado de la cuestión del partenaire, qué podría ubicarse como una clínica de la sexuación,nuestro tema de hoy.
Sabemos que J.A.Miller ha ubicado que, a cierta altura de la enseñanza de Lacan, hay en ella una discontinuidad , a esa discontinuiudad la denomina, en el curso El partenaire-S, una mutación a partir del Seminario XX ,Aun..
De las consecuencias de esa mutación, que inaugura la última parte de la enseñanza de Lacan, J.A.Miller extrae la nueva escritura que nos propone bajo la forma del algoritmo

Esto invierte el movimiento de todo lo anterior ,donde se ha tratado de que hay un Real dominado por el semblante, un real que obedece a las leyes del significante.
Cuando el punto de partida de Lacan es el lenguaje,se ocupa de demostrar cómo las leyes del significante se imponen a lo Real.

Inversamente, luego de la mutación, se trata de un Real que no solo domina sobre el semblante sino que excluye toda clase de sentido. La antinomia del sentido y lo real es el problema del psicoanálisis . Esa reformulación empieza por el lenguaje, nada menos.
El lenguaje con su poder mortificador, aniquilante sobre el goce , con su efecto de estructura que es de vaciamiento de goce, tiene como correlato al $ barrado. El sujeto ya muerto, representado por significantes y un sujeto que como tal, dice Lacan no tiene gran cosa que hacer con el goce, hay que adjuntarle un resto de goce.
Allí hay ,aún una definición del lenguaje como aparato de no-goce.
Pero a partir de este momento el lenguaje es definido como aparato de goce , como algo que sirve para gozar. La inversión tiene consecuencias impactantes cuando el significante mismo es causa de goce.
A Lacan ya no le basta más el concepto de sujeto. Comienza a hablar de parlêtre lo que incluye el cuerpo, y este movimiento es derivado del cambio en la concepción del lenguaje.

Para pensar lo que llamamos una clínica de la sexuación, deberiamos partir de esta mutación.Tendríamos entonces una clínica de la sexuación, que toma en cuenta la relación parletre--partenaire-síntoma en dialéctica con lo que llamamos una clínica del sujeto que se centra en la relación del Sujeto y el Otro.voy a decir que entiendo esa diferencia por la referencia de cada una tiene.La clínica del suejto se refiere a la lógica del Todo, al S1, mientras que una clínica de la sexuación incluye el no-todo y su referencia es el S (A) tachado.
IDENTIFICACIÓN Y SEXUACIÓN
Con Freud la identificación es el modo en que, por medio del Otro, se ordena para el sujeto la pertenencia sexual. Es el tratamiento simbólico de la diferencia del viviente sexuado . Eso se puede escribir

Responde a la lógica del Todo y la primacía fálica.Eso dice lo que se debe hacer como hombre o mujer y marca la vía dela amenaza y la privación como la asunción sexual, lo que indica que en esta perspectiva de la enseñanza de Lacan “el sujeto no asume su sexo por la relación sexual sino por la castración, por los desfiladeros del significante”(7) .
Lacan al introducir la sexuación muestra en su lógica, una anti-identificación.
Mas bien Hombre y Mujer se identifican así por su modo de goce. Son lo que J.A.Miller llama “las estructuras significantes del cuerpo” del lado masculino y del femenino las que determinan la pareja-síntoma como medio de goce.Eso cambia la perspectiva que puede escribirse

Y que abre el campo del no-todo.
Habría ahí para resolver entonces una relación,una oposición, entre una Clínica del sujeto y una Clínica de la sexuación.La primera toma en cuenta la “asunción sexual” y la Bedeutung fálica, mientras que una clínica de la sexuación es una clínica que tiene como brújula el Síntoma y que parte de la diferencia sexuada lo (hetero-sexual) y no de la homosexualidad del Sujeto, para dar cuenta de lo a-sexual del goce.Eso permitiría cernir esa diferencia del lado mujer que la perspectiva del sujeto borra.
Una aproximación que se sitúa ya no en la lógica del Todo y la falta ,sino más bien en la lógica de lo femenino,del no-todo.
ALGO PEOR QUE UN SINTOMA
Con esta pespectiva entonces voy a plantear las cosas de un modo en que me parecen posibles pensarlas hoy aplicando esto a las toxicomanías:
Sigo pensando --como hace muchos años--(8) que la droga no solo es un goce, sino que es también un goce usado como defensa.
Pero una defensa, que ahora pienso,.en el sentido de aquello con lo que el sujeto se defiende lo real.
Una defensa paradojal, si la miramos del lado de sus efectos de devastación y del lado de la posición de quien la usa.Hace muchos años una frase de Baudelaire, citada por J.Lacan en su Seminario de la Angustia, me daba la pista precisa para situarla, decía Baudelaire (quien también se ocupo de los paraísos tóxicos): “Soy el cuchillo y la herida” .
Hemos trabajado durante estos años también en la perspectiva de la droga estaba en relación al síntoma: no del síntoma neurótico que llama al Otro ,sino del síntoma en su vertiente de repetición, de goce.
Ahora voy a plantear las cosas con una variación con la que espero provocar la continuación hoy mismo de nuestras discusiones.
Tomo una referenica de J.Lacan del final de su enseñanza, para decir que: la droga es algo peor que un síntoma.
Tomo con libertad esta referencia de J.Lacan , solo para indicar una dirección para pensar en tema.
Es una cita del Semianrio Joyce El Sínthome de la clase del 17-2-76:
Si una mujer es un sinthoma para todo hombre,[…] Se puede decir que el hombre es para una mujer […] una aflicción peor que un sinthoma; pueden ustedes articularlo como les convenga: incluso un estrago.
Es la posición en la que deja Lacan a hombres y mujeres en vista del desencuentro sexual.
El hombre acompañado de su sinthoma, la mujer acompañada de eso que la estraga.
Eso hace pareja. Eso que hace pareja , está en el luegar de lo imposible de la relación entre los sexos en el hablante.Está en el lugar de esa otra segregación de la que hablaré brevemente para concluir.
Una aflicción peor que un sínthoma.
Describe bien lo que la droga puede ser…algo estragante, una aflicción(9) estragante
Algo por lo cual alguien puede ir hasta el sacrificio, hasta la devastación.
El estrago del que habla Lacan, para situar lo que un hombre puede ser para una mujer,lleva la marca no de lo simbólico --alrededor de lo cual una mujer puede ordenar su vacío-- sino que lleva la marca de la relación de la mujer a la Madre.
He ahí el estrago principal del que la relación a un hombre viene a tomar el relevo.Con lo que ella hace pareja.
Una frase de la maravillosa Margarite Duras lo define plenamente:
… en mi infancia, la desdicha de mi madre ha ocupado el lugar del sueño...siempre unicamente ella, ya sea la madre despellejada viva por la pobreza o la que en todos sus estados clama en el desierto”
“Nuestra Madre no previó aquello en que nos hemos convertido a partir del espectáculo de su desesperación”
Y sabemos de su relación al amante y después al alcohol . Ven de que se trata… en alguna oportunidad M.Duras escribió que el alcohol (una aflicción peor que un síntoma) ha tenido para ella esa doble función de limite, y de estrago.
el alcohol tuvo para mi la función de Dios y la de matarme. (10)
Rara paradoja de la droga, que desde la perspectiva del partenaire, es algo peor que un síntoma. Es lo que deben uds encontrar en la clínica. Soy optimista como ven, los incito a encontrarlo, a situar cómo sus pacientes se defienden con la droga de la confrontación a la falta de relación entre los sexos. A esta segregación. Los incito a verificar cómo el problema de sus pacientes es el de no poder salir de la repetición del uno, solo, autoerótico y encarnar en alguien, en un ser existente al Otro como partenaire de goce.
La segregación(11) entonces retorna en mi reflexión pero ahora con otro sesgo. Ya no es la segregación 1, que el Otro social impone a los sujetos que consumen y de lo que tenemos múltiples evidencias que uds conocen tanto bien. Tampoco se trata ahora de la segregación 2, que el toxicómano ejerce sobre el Otro, rechazándolo, rechazándo situarse en el inconsciente, lo que a muchos les hace perderse la chance del psicoanálisis.
Se trata de otra segregación. De una ineliminable contra la que el toxicómano ha usado una defensa peculiar, cual es la de usar un objeto del mundo para sustraerse de su confrontación.
Se puede decir que el mismo concepto de sujeto supone que algo se pierde, se segrega, se le extrae.El sujeto , el $ lacaniano, está segregado de su complemento,que busca en la imagen, en el significante del Otro,en fin en el objeto pequeño a. Es lo que escribe la fórmula del fantasma.Es la lógica del Todo, del Uno y el Todo, la que nos lleva a situar la relación de la falta y lo que la reemplaza, sea el Falo o la muleta de la droga, y por lo tanto lo que se construye un sujeto alrededor de ese límite.
“Captar lo que pasa con el goce a partir del falo y la castración es ponerle al goce un calzado que lastima los pies”(12) .
En contrapunto, una clínica de la sexuación abre la perspectiva de lo que no entra en la lógica del todo sino la de lo ilimitado de un goce sin la “horma de la castración”.
La segregación 3 de la que hablo es la que en Lacan se llama No hay relación sexual.
Porque la segregación que cuenta, esa que es real, es la segregación entre los sexos.
Entre el Hombre y la mujer… hay un muro. Hay una segregación estructural para el sujeto del Otro sexo

Y entre el hombre y la mujer entonces está lo que suple esa ausencia, ausencia de relación, ausencia de goce.Lo que es el significante del goce: el Falo simbólico, el que reparte las cosas entre el ser y el tener.Las cosas, quiero decir, las identificaciones sexuales. Las que dicen --si uno ha pasado por el Edipo--, lo que hay que hacer como hombre o como mujer.
Pero que lo digan, que digan lo que hay que hacer, no quiere decir que eso después en la cama funcione.A veces eso impide llegar a la cama. Y cuando se llega allí pueden sobrevenir las sorpresas, los malentendidos, los síntomas, los fantasmas, que se entrometen en el cuerpo a cuerpo.Ahí comienzan a funcionar otra cosa: eso que llamamos las condiciones de goce de cada quien.
Para esos desencuentros la droga tiene una solución terminante.Terminante porque también en muchos casos termina con el sexo, y con el sujeto mismo.
Es la solución que deja a cada uno por su lado.Solo con su goce. Es la solución cínica del toxicómano.
La solución que rechaza la del falo, pero también que elude el Otro sexo.
Es eso con lo que nos taladró las orejas J.A.Miller, desde el mismo comienzo de nuestro trabajo en el TYA hace casi 10 años, al orientarnos hacia una investigación sobre le goce autoerótico: la droga como solución al problema sexual. Y me doy cuenta que hemos tratado de responder a esa incitación durante estos años de investigación.
Ahora bien: ¿qué es este problema sexual del cual he dicho recién implica una segregación?
Los convoco a que hagan, aquí en el TYA, de eso el tema de un programa de trabajo. La respuesta que le den a eso, hará de sus intervenciones , sí o no, una clínica que toque lo real del problema de la toxicomanía y lo haga moverse un poquito. Una clínica que le cause problemas a la defensa que el sujeto se ha procurado.
Les digo una de las respuestas con las que me oriento:
Para el toxicómano hombre (si se puede decir así) la droga no es un síntoma. La droga es para él un estrago y debería conseguirse un síntoma, es decir hacer de una mujer su síntoma. Es decir que un análisis debería hacerlo afrontar ese pasaje que le permite a un varón, hacer del horror a la castración femenina , una causa de su deseo.
Para el toxicómano mujer (si se puede decir así) la droga es también un estrago como puede serlo un hombre o la Madre. Un análisis debería permitirle que un significante del Otro tome el relevo del goce por la via del amor, del amor transferencial.En la vía de obtener un saber sobre eso que la hace propensa a no tener límites.Eso debería darle la chance de enlazarse a un partenaire que no la arrase, un partenaire que pueda respetar su disparidad.
Salidas de la toxicomanía: una del lado del deseo (en el varón); otra del lado del amor al saber (del lado de la mujer).
Salidas del goce autoerótico hacia el lazo con un partenaire, salidas que no sean una aflicción peor que un síntoma.
Mauricio Tarrab
(1) JAM Para una investigación del goce autoerótico Sujeto,Goce y Modernidad 1
(2) H.Freda La toxicomanie: un symtome moderne. La toxicomanie et ses thérapeutes. Navarin 1989
(3) E.Laurent Cinco puntuaciones sobre la toxicomanía
(4) E.Sinatra 1994
(5) M.Tarrab 1994
(6) JAM ibid 1
(7) J.A.Miller De la naturaleza de los semblantes.Buenos Aires,Paidos 2002
(8) La droga un remedio contra el goce. Malentendido 6 .Buenos Aires 1989
(9) Fabián Naparstek me acercó una referencia de J.Lacan que yo desconocía, donde refiriendose a la cuestión del falo escribia aflicción con ph para denotar como la relación del sujeto con el falo
(10) M.Duras La vida material
(11) La segregación del Otro. Pharmakon 2 . 1995
(12) J.A.Miller ibid 7
O caso clínico discutido, nesse relatório, surpreende, de início, na medida em que Pedro, um paciente que dedicou anos a fio ao uso metódico de drogas, em franca posição de rechaço ao inconsciente, apresentar-se, ao longo de sua análise, talentoso em sua relação com o inconsciente. Trata-se, ainda mais, de um caso que apresenta, uma das modalidades de toxicomania que têm chegado aos consultórios dos psicanalistas, nos quais verifica-se uma relação privilegiada com o objeto droga, mas, em certa medida, pode-se dizer, é possível reconhecer um certo embaraço do sujeito em relação a esses usos. E, por fim, esse caso clínico nos ensina em que medida a mãe e os seus ideais, podem estar comprometidos com as circunstâncias que fazem com que um pai não possa tornar-se responsável pelo seu gozo, não possa tornar lei aquilo que é particular no encontro amoroso entre um homem e uma mulher. Em suma, tornar lei um gozo que resiste em se deixar absorver pelos ideais da moral civilizatória, inscrevendo para o sujeito em questão, a impossibilidade de tomada de posição frente ao impossível da sexuação.
Pedro tinha 30 anos quando buscou tratamento em uma instituição pública de Belo Horizonte. O tratamento durou sete anos, tendo continuidade em consultório particular. Pedro fez uso de anfetaminas na adolescência. Foi internado em hospital psiquiátrico devido a esse uso. Interrompeu o uso de drogas por dois anos e, por causa de uma dor nas costas, aos 17 anos, toma um opiácio que detona um uso ritualizado do mesmo por vários anos seguidos, chegando a tomar 13 comprimidos por dia – ficava sozinho, escondido, e tomava os comprimidos todos de uma vez.
Pedro chega ao tratamento no momento em que sua irmã viajaria para o exterior, e o pai, viúvo, se casaria novamente, um momento em que “estava tendo que se virar sozinho”. Um incidente na véspera da primeira entrevista, no qual mistura bebida e os comprimidos faz com que Pedro chegue ao tratamento anunciando que despedira-se das drogas no momento em que se viu no hospital, sujo, sem saber o que lhe havia acontecido. Reconhece que se colocava em risco, e que isso preocupava a ele e à sua família.
Tímido, tinha medo de se relacionar com as mulheres, pois imaginava que iria gostar delas e não seria correspondido. Vê-se impedido de gostar das mulheres quando, aos 13 anos, decepcionou-se com uma garota, decepcionou-se também nas primeiras relações sexuais, pois não conseguia ereção. Se sentia excitado diante da mulher com roupa mas inibido diante da mulher nua. Não conseguia pensar em sexo como algo normal, mas como algo proibido, fazendo com que fugisse das mulheres. Interroga-se, se a mulher nua lembrava a mãe e se isso poderia deixá-lo inibido diante das mulheres. Pensa, também, que o uso de álcool seria um modo de aliviar-se de sua cobrança de dar conta de satisfazer uma mulher, já que esbarra na impossibilidade de encontrar uma mulher da qual ele gostasse em tudo e na necessidade que tinha de satisfazê-la em tudo. Essas constatações eram intercaladas, durante o tratamento, com episódios em que abusava do álcool.
Impotente, com dificuldade de falar nas sessões, aparecem os “brancos” que, aos poucos, são preenchidos com lembranças infantis nas quais Pedro constrói o romance familiar.
Aos nove anos teria ouvido de uma prima que era filho adotivo e a dúvida quanto à paternidade passou a acompanhá-lo, a despeito das tentativas de esclarecimento por parte de familiares. Supunha que, talvez, o uso dos remédios se apresentasse como um modo de aplacar essa dúvida. Do pai trouxe, inicialmente, a mágoa por não carregar consigo seu sobrenome e da falta de explicações encontrada por ele para essa questão. Tinha saudades da mãe já falecida, a qual adorava, em quem não via defeitos.
Começa a se perguntar se a idéia do sexo como pecado não estaria ligada a episódios infantis nos quais tomava banho com a prima e se sentia excitado. Em especial, uma lembrança de ser surpreendido pela mãe enfiando bolinhas na vagina da prima. Aponta, nesse ponto, uma posição paradoxal em relação à mãe, ao dizer que ela não sabia da diferença entre os sexos, pois permitia que ele tomasse banho com a prima. Sente vergonha, pudor e diz não entender como pode ter tido ereção.
Após onze meses de tratamento acontece uma série de sonhos decisivos para a construção da posição desse sujeito, em especial, no que toca sua impossibilidade de tomada de posição como sexuado.
1) Um sonho no qual estavam sua mãe, Tereza, sua namorada aos 13 anos, e ele. No sonho sua mãe dizia a ele que Tereza sabia o remédio para curar o problema sexual dele. Tenta ter relações sexuais após esse sonho e diz sentir-se “paralisado”, “como se o órgão estivesse separado do corpo”, “a cabeça não comandava”.
2) Sonha que ele e o pai estão frente a um bar discutindo, Pedro dizendo que a bebida veio dele, o pai, quando surge a mãe, o pai some. Esse sonho traz uma lembrança infantil de ter visto a mãe bêbada, a família querendo esconder dele e seu mal-estar diante desse fato. Disse que estava começando a perceber o outro lado do pai, e da mãe, que não era tão bom, desencantado por perceber que o pai e a mãe tinham desentendimentos. Desde criança não conseguia imaginá-los transando, como se fosse errado. Achava que já podia ter passado pela cabeça que a mãe era prostituta, pois teve um filho com outro homem antes de se casar, seu irmão mais velho não conheceu o pai, vindo a saber posteriormente que a mãe quando casou com o pai, estava grávida dele.
3) Após ter assistido o filme “O piano” no qual vê uma cena em que a criança vê um casal transando, sonha que estava ele e sua mãe em casa, o pai chega, ele estranha o pai estar sem a esposa. O pai entra no quarto da mãe, põe pijama, deita-se na cama com ela. Pedro não entendia o que estava acontecendo. No outro dia, o pai não estava mais lá e quando a mãe ia explicar o que estava acontecendo surgem outras pessoas e entram no meio, ele acorda.
Pedro fica atordoado com esse sonho: no sonho se perguntou o que seu pai queria com sua mãe se ele já tinha esposa? “Ele procurava sexo?” Pedro diz ter ficado variando o resto da noite e, após esse sonho perguntou-se se isso havia ocorrido ou se foi fantasia.
4) E, por fim, “ele estava no carro do pai, com sua prima e o namorado dela. Param em frente a instituição de tratamento. A analista estava brincando com uma criança no jardim. Ela olha para ele e sorri. Anoitecia e ele pensou: trabalham até de madrugada?” Sonho esse que aponta o significante da transferência e que permite que se escute, retroativamente, o significante que sustenta a posição sintomática de Pedro - prostituta.
Pedro associa, a esse sonho, sua preocupação, desde pequeno em ser homem. Queria calças compridas, colocava cigarros no bolso, como se ser homem fosse fazer tudo o que a mulher quisesse, como escravo. Inicia-se aqui um período em que vai algumas vezes a casas de prostituição. Diz que ficava pensando naquelas mulheres: “são casadas, têm filhos?”. Lembra-se que na adolescência o pai levou-o a uma casa de prostitutas e perguntou a ele se ele tinha problemas com as mulheres. O pai fica do lado de fora esperando e ele não consegue uma ereção. Pergunta-se porque não lidava bem com isso, retomando o sonho em que estava na casa da mãe e o pai surgiu e diz que “foi como se ele tivesse traído a si mesmo”, intrigado por ter conseguido guardar isso por tanto tempo. Diz que sentia pena das prostitutas, que achava que elas não sentiam prazer. Recorda-se de que desde os nove anos ficava olhando essas casas e, quem sabe, possamos acrescentar, interrogando –se sobre “o que querem as prostitutas?” – tradução possível para esse sujeito da interrogação sobre o desejo da mãe, enquanto mulher.
Pedro afirma que nesse sonho da casa da mãe estava tudo de sua vida, pensava que estava aí a raiz de seus problemas.
De fato, Pedro o diz, em torno desse sonho gira toda a sua vida, pois resgata o ponto em que inscreve para Pedro a divisão subjetiva. Por que motivo Pedro se sentira traindo-se a si mesmo ao revelar uma lembrança (sonhada), por tanto tempo? Certamente esse fragmento nebuloso implica-o como sujeito, na medida em que aponta o apagamento que se faz, para esse sujeito, de qualquer vestígio de que o pai, em algum momento pudesse ter ocupado um lugar na cama da mãe, demonstrando a Pedro que essa mãe estava marcada pela falta, estando ali como objeto de gozo para esse pai.
Esse sonho mostra de que modo Pedro fica paralítico, na medida em que não consente com o Pai como exceção, como esse “ao menos um que goza”, ficando petrificado, submetido aos caprichos dessa mãe que o mantém nas “barras de sua saia”, escamoteando a diferença entre os sexos. Esse sonho mostra, assim, o impossível da tomada de posição desse sujeito como sexuado na medida em que a construção da pére-version implica o índice daquilo que pode permitir a um homem, apreender a mulher como objeto a, implicando para esse sujeito a saída por ele encontrada, de colocar a droga no lugar do sexo.
Embora tenha se tornado usual considerar o fenômeno toxicomaníaco como um caso emblemático das chamadas patologias da lei, visto que quase sempre o toxicômano se mostra envolvido com a transgressão das leis dos homens, com as leis jurídicas, por meio desse material clínico, mostrou-se, no entanto, que o teor do laço problemático que o toxicômano mantém com a lei se encontra em outro lugar, isto é, num lugar bem mais discreto, bem mais escondido, pelo menos com relação ao que a opinião corrente secreta sobre a presença das drogas nos tempos atuais. É claro que apenas se pode afirmar isto, levando em conta o alcance conceitual de tudo aquilo que o ensino de Jacques Lacan postula sobre a Lei e as leis, principalmente, a partir do momento em que nos legou as suas valiosas fórmulas da sexuação.
Convêm precisar a esse propósito, que a ocupação excessiva com o gozo do corpo fora do laço social, não quer dizer que o toxicômano seja um transgressor inveterado das leis. Se há transgressão, no contexto do ato de se intoxicar, é preciso considerar o caráter universal da lei fálica (¥x.Øx), na qual todo homem vem se inscrever , pela negação dessa função representada pelo pai mítico de Totem e tabu (Ex.Øx). A axiomatização dessa proposição particular negativa (Ex.Øx), surge para demonstrar que todo sujeito inscrito na função fálica é portador de uma perda primordial de gozo. É com relação a esse ponto preciso da lei fálica, na qual se detecta essa perda primordial, que se quer interrogar o ato toxicomaníaco. No fundo, o toxicômano não transgride nada, apenas se excede no que é sua característica essencial, a saber: satisfazer-se com sua própria maneira de gozar à sós, à margem, no seu canto - o que se designa como sendo sua parceria cínica com a droga -, parceria que o deixa exposto à péssima reputação junto aos representantes das leis da cidade. É, nesse sentido, que ele se torna um fator de perturbação para essas leis, um obstáculo maior ao discurso do mestre, colocando-se fora do alcance dos esforços da retórica dominante para inserí-lo nas dos ideais da civilização.
A necessária “encarnação da lei no desejo”, cuja responsabilidade recai sobre um pai, quer dizer, também, encarnação da lei disto que não pode ser, de nenhuma forma, um ideal. Todas as leis são feitas em nome dos ideais e, nesse sentido, é preciso considerar que o discurso do mestre apenas funciona com os ideais, buscando fazer acreditar que sem eles nada dá certo. Afirmar que a encarnação da lei efetua-se no plano da perda do gozo, e não no plano do ideal, é dizer que o pai pode humanizar o desejo pela via de um tratamento efetivo desse gozo. Portanto, a lei paterna não se alimenta das mais diversas virtudes morais, mas, pela forma em que um pai, diante de seus filhos, saiba, ou não, ser responsável por seu gozo.
O que se destaca, portanto, nesse caso clínico, é o apagamento do lugar que o pai pôde ocupar na cama da mãe. Assim, “quando surge a mãe, o pai some”, tal como formula Pedro em seu sonha no qual ele se pergunta de onde veio a bebida. Desse modo, o desejo da mãe emerge, para o sujeito, associado à suposta eliminação do pai. Ver-se-á que a impotência do sujeito funciona como uma espécie de índice do fora-da-lei do desejo da mãe, fora-da-lei porque é incapaz de tornar o pai o vetor que torna possível o enlace do desejo com a lei. É possível supor que a falha do órgão é um efeito direto daquilo que uma mulher pode trazer na forma de uma insubmissão à lei do pai. É essa insubmissão que deixa o desejo do sujeito desmunido do fundamento que permite o encontro com o objeto causa de gozo.
A ilegalidade nesse caso presentifica-se no ponto em que o pai excluído, faz recair no próprio sujeito, pela via dessa mesma exclusão, a possibilidade de acesso ao mundo simbólico dos homens, no qual a função viril é parte integrante. Ele se vê, assim, impedido de agir segundo a lei do desejo, resta-lhe, então, o acting-out e a passagem-ao-ato com a droga.
Relator: Sérgio de Mattos
Participantes: Cristiana Pittella de Mattos, Cristina Pinelli, Nogueira, Jésus Santiago, Lilany Vieira Pacheco, Maria Wilma de Faria
1. La clinique dépend des conditions qui la rendent possible. Pour nous c’est l’institution. Nous avons mis du temps à nous en rendre compte. Pourquoi certains sujets, « toxicomanes », s’adressent-ils de façon privilégiée à l’institution, demandant à y trouver abri, prescriptions, accompagnement social ? Ce n’est pas qu’ils n’aient rien à dire de leur histoire, mais qu’ils puissent en parler nécessite cette condition.
Certes, nous pouvons, à partir d’une rencontre singulière présenter – témoigner de - l’histoire du sujet, la structure dans laquelle il se débat, mais on ne peut négliger le « détail » de la prise en charge institutionnelle si c’est la condition de cette « construction du cas ».
Il nous faut dès lors interroger la fonction et l’usage de l’institution dans cette clinique.
2. Un deuxième constat éclaire le précédent, et tient sans doute à notre offre, à ce montage institutionnel que nous avons mis en place pour rencontrer et « aider » des toxicomanes – avec les précisions à mettre à ce terme d’ « aide », dans l’orientation analytique. Depuis des années, nous vérifions avec nos superviseurs, A. Zenoni et A. Stevens, la surprenante fréquence du diagnostic de psychose chez ceux qui s’adressent à nous.
Notre clinique devient donc dans une large mesure une clinique différentielle des psychoses éclairée par la clé que nous en donne Lacan : la forclusion du Nom du Père et les solutions du sujet pour se débrouiller avec l’Autre et la jouissance sans cet opérateur.
Forclusion du Nom du Père : la portée de cette clé va au-delà de la psychose décrite par les manuels de psychiatrie et nous amène, via les Conversations de la Section Clinique, à la « psychose ordinaire », ou à ce que d’autres qualifient d’ « états limites », voire de « psychopaties », fût-ce sous les apparences « monotones » de la toxicomanie.
Soyons attentifs à la logique, nous n’avons jamais dit que « tout toxicomane est psychotique ». Ce n’est pas parce que les toxicomanes font énigmes à la psychanalyse que cette énigme est « Une ». Nous souscrivons à la valeur incertaine de cette catégorie pour la psychanalyse, et à la nécessité de l’interroger « au cas par cas »…
3. Dans le cas de Yan, une prise en charge institutionnelle avec un hébergement fut nécessaire pendant près de deux ans. Il y eut aussi une importante médication anxiolytique pendant un assez long temps, jusqu’à ce qu’il soit incarcéré pour un petit délit. En prison, il est contraint au « sevrage », mais cette incarcération, le sevrage forcé , la honte, font aussi le moment d’un « déclic » : il décide d’arrêter toute médication et de se « reprendre en main ». Il demande pour cela un dernier séjour de trois mois à Enaden « pour l’aider à repartir ». Il quitte ensuite l’institution pour une solution qui a toutes les allures de la normalité : une femme, du travail et une activité qui le passionne, l’escalade. Il nous téléphone maintenant régulièrement pour signaler que « ça va ». Pendant le temps où l’institution était indispensable pour lui, Yan nous dit « Enaden est ma seule famille ». Comment s’expliquer le trajet de Yan et son usage de l’institution ?
4. Yan ne se présente pas chez nous avec le nom de toxicomane, mais plutôt, ce qui le représente auprès de nous, c’est sa plainte : « je suis angoissé ». Et cela justifie ce qu’il met en avant comme un risque : consommer des produits (de tout, du moment que cela assomme) ; et ce qu’il demande : des médicaments.
5. C’est précisément cette plainte d’angoisse qui attire notre attention, à cause de la référence précieuse et précise que Lacan nous donne avant de nous livrer sa fameuse définition de la drogue (« ce qui permet de rompre le mariage avec le petit pipi ») : tirer la morale du petit Hans.
Rappelons que le fil suivi par Lacan dans son allocution le fait d’abord passer par : « La castration, c’est ce qui nous délivre de l’angoisse ». Ensuite la référence à Hans nous renvoie à l’articulation entre la manifestation de son pénis réel, la réponse de l’Autre et l’angoisse. Là où Hans produit son invention phobique, Yan, lui, reste suspendu dans l’angoisse et se gave de médicaments.
Dans son commentaire du cas Hans dans le Séminaire IV, Lacan nous indique bien l’enjeu : c’est l’enjeu des enjeux, peut-on dire, là où il s’agit de s’affronter à l’Autre, dépendre de sa reconnaissance et « payer cash », en tant qu’être sexué. C’est là que Yan reste « suspendu », en impasse, au moment où nous le rencontrons.
6. Il faut pour l’expliquer rapporter quelques éléments de son histoire.
Avant d’arriver à Enaden : une série impressionnante d’hospitalisations. Il y a eu beaucoup de consommations, des overdoses, des tentatives de suicide, des moments de « délires » (c’est son mot) avec des hallucinations : la gestapo va l’attraper et le violenter ; une énigmatique femme en blanc l’attend de l’autre côté de la rue : cette figure énigmatique le fait paniquer et il saute par la fenêtre pour s’enfuir.
Un point de son passé est rapidement mis en avant : il a été abusé par son père entre 8 et 12 ans. Une équipe thérapeutique à qui il fait cet aveu pour la première fois lui a suggéré de porter plainte, mais il ne peut s’y résoudre. Arrivé chez nous, toujours sous le coup de cette suggestion, il parle d’un avocat à contacter, mais il reporte sans cesse, il est de plus en plus angoissé, voire confus. C’est à ce moment que je le rencontre, et qu’il me dit précisément ce qui fait son impasse et son appel : « je veux retrouver l’amour d’un père ». Je lui dit alors qu’il est sans doute trop tôt pour entreprendre une démarche judiciaire, mais je lui propose d’abord de m’expliquer ce qui s’est passé avec son père. Comme pour lui « tout est confus », il me demande de l’aider à remettre de l’ordre ; il apprécie dès lors que je prenne des notes : là commence notre travail. Les entretiens permettent de mettre en évidence que son père était « sans limite » (passant de l’amour à la violence, du jeu à la tricherie) et que sa mère, « surprotectrice », ne voulait rien savoir, se taisait dans la terreur, enrobait tout dans une demande d’amour culpabilisante.
7. La drogue ? Elle vient à l’adolescence. D’abord sous forme de petites consommations festives en groupe. Puis la consommation s’amplifie « pour faire la fête » : une expression en caractérise la modalité : « à fond ». De même, à l’époque, il s’adonne à des sports à risque. Il « drague » beaucoup et accumule les conquêtes. Mais par ailleurs, il mène à bien des études d’éducateur, où il voit son idéal professionnel.
Au cours de nos entretiens, il reprend les préoccupations de son adolescence comme, d’une part, oublier (« effacer », « enterrer ») ce qui s’était passé avec son père, et d’autre part, rencontrer des filles. Il y a dans sa détermination une preuve à faire, qu’il est un homme, qu’il est normal, qu’il n’est plus l’objet du père. S’étourdir, s’évader, et prouver qu’il est un homme. Après coup, il livre la question qui le hantait : ne pas être homosexuel, ne pas reproduire « ça » avec des enfants.
Mais dans ses histoires avec les femmes, il y a des « points-nœuds » où la drogue va intervenir. La jeune-fille avec qui il a sa première relation sexuelle meurt un mois plus tard dans un accident de voiture ; ayant appris que le LSD provoque des « retours du passé », il va en consommer beaucoup, jusqu’à halluciner la présence de cette jeune femme. Plus tard, il a une relation plus durable avec une femme ; lorsque celle-ci rompt avec lui à cause de sa consommation (dit-il), il plonge dans l’héroïne et la polytoxicomanie, qui le mène à l’état de ravage et aux multiples hospitalisations décrites plus haut. En fait, il précise son inquiétude : « je croyais que je ne pourrais plus jamais être avec une femme ».
8. Que fut notre travail ? Il s’agissait d’abord d’établir les faits, mais pas sans y introduire les jugements nécessaires pour que l’histoire se dialectise. Il s’agissait d’introduire un « non » à cette version du père pour que Yan n’aille plus s’égarer dans l’espoir d’une réconciliation avec ce père « fou ». Ce travail avait d’ailleurs une portée plus large : Yan avait une propension à se « coller » à l’avis de l’autre, à « ne pas savoir dire non ». Régulièrement, et sous diverses modalités, il s’agit de dire « non » ou « ce n’est pas nécessaire » face à cet Autre intrusif. Si dans un premier temps du travail, il s’agit de se séparer du père, dans un deuxième temps, il s’agit de se séparer de la mère, encore auréolée du « privilège » de l’amour infini. Ce fut une surprise pour lui de s’entendre dire qu’enfant, il s’était tourné vers son père pour se sortir de sa mère « surprotectrice » ; il connecte alors son choix des sports à risque au trait de défi qui caractérisait son père. Mais il précise aussi qu’aujourd’hui, grâce au moniteur d’escalade d’Enaden – devenu pour lui un idéal -, il ne conçoit plus de pratiquer ce sport sans règles techniques strictes. Yan, dans cette activité fait preuve de talent et de rigueur et devient un assistant fiable du moniteur : ce sera une partie de sa solution pour traiter l’envahissement de jouissance qui se traduit en angoisse.
Mais ce travail ne fait pas non plus sans l’institution, d’où il est longtemps incapable de sortir, terrassé par l’angoisse. Pas sans l’institution, et pas sans une pratique à plusieurs : Yan va se choisir plusieurs interlocuteurs, auxquels il raconte parfois à peu près la même chose.
« Enaden est ma seule famille », dit-il : cela fait craindre à l’équipe un collage à l’institution. Mais le travail retrouve son orientation quand l’un de nous fait entendre qu’il faut se repérer sur le fait que la famille joue son rôle symbolique en tant qu’institution. Nous pouvons dès lors concevoir que Yan est dans un travail de vérification auprès de ses différents interlocuteurs, et ce faisant il se constitue un Autre. Au sens où l’Autre, c’est un réseau, c’est l’institution, c’est un lieu d’inscription. Mais cet Autre n’est pas tout, et nous l’interrogeons régulièrement sur l’ « après » en lui rappelant que l’hébergement chez nous ne peut être infini.
9. Les solutions de Yan. A l’adolescence, Yan veut prouver qu’il est un homme, au sens viril, et qu’il n’est plus l’objet de son père. Cependant cette « preuve » s’exténue dans un imaginaire sans limite et reste par l’instabilité même de ce registre sous la menace de l’Autre ; et le sujet reste livré à l’angoisse. La drogue, « briseur de souci », est le traitement de cette angoisse, depuis l’ivresse maniaque jusqu’à l’assommoir du désespoir. Il s’agit bien là de l’angoissante question « ce que je vaux pour l’Autre », qui est au cœur de la rencontre sexuelle. Faute du medium de la castration, l’impossible du rapport sexuel se fait gouffre, où le sujet engage son imaginaire puis sa destruction. La drogue n’y pallie qu’en produisant du ravage.
L’institution, orientée par la psychanalyse, offre une autre voie, qui n’est pas de modèle adaptatif préformé : il s’agit de prendre les solutions du sujet au sérieux, et d’y introduire du réglage symbolique ; cela donne à ces solutions allure de constructions étayées sur un « non » à la jouissance nocive et un « oui », toujours, à la construction qui tient l’objet à distance.
Yan se choisit une femme qui est éducatrice de profession : cela reprend le trait de dévouement qui est propre à sa mère (enseignante) et à sa tante (éducatrice). Yan se choisit l’escalade, relayée par le lien transférentiel à un moniteur compétent. Yan travaille dans le bâtiment ; il travaille beaucoup. Son activisme patent tient lieu de pare angoisse. Il téléphone régulièrement à l’un ou l’autre de l’institution pour dire que « ça va » : l’institution tient lieu de référence, d’idéal du moi. Il pourrait encore y avoir recours si l’un ou l’autre des tenons de son montage venait à lâcher.
10. Retour sur l’angoisse.
Dans le séminaire IV, Lacan commente ce moment d’angoisse chez Hans, notamment dans les pages 226 et 227. Il y a là un point tournant où la manifestation du pénis réel, « comme quelque chose de misérable », déboute l’enfant du leurre d’être le phallus, et le précipite, un temps au moins, dans l’angoisse. Ce point est repris dans La signification du phallus avec les deux temps qui permettent d’en sortir : réaliser le manque de l’Autre maternel et se repérer sur « la loi introduite par le père ». A défaut de ce repérage, Lacan indique dans le Séminaire IV un point d’embranchement sur la paranoïa (nous disons la psychose) :
A partir du moment où le jeu devient sérieux, et où en même temps ce n’est qu’un jeu de leurre, l’enfant est entièrement suspendu à ce que le partenaire lui indique. Toutes les manifestations du partenaire deviennent pour lui des sanctions de sa suffisance ou de son insuffisance. Dans la mesure où la situation se poursuit, c’est-à-dire où n’intervient pas, en raison de la verwerfung qui le laisse en dehors, le terme du père symbolique dont nous verrons dans le concret combien il est nécessaire, l’enfant se trouve dans la situation très particulière d’être livré entièrement à l’œil et au regard de l’Autre. (1)
Nous trouvons dans ce passage un éclairage sur la situation de Yan, livré au caprice et à la jouissance de son père. Qu’est-ce qui a pu lui donner la voie de s’en écarter quelque peu ? C’est une réflexion après coup qui nous amène cette question. Quand il a dix ans, sa mère quitte son père. D’un côté, Yan n’en est que plus livré au caprice du père, mais de l’autre, sa mère se trouve un homme qui est « un type bien », qui lui apporte son soutien. Cet homme, dans sa relation à la mère et aux enfants, a fait office d’idéal, mais faute d’une prise de conscience et d’une prise de position de la mère à l’égard du père abuseur, Yan est resté dans ce suspens d’angoisse que nous avons constaté.
J-L Aucremanne
La práctica del psicoanálisis nos fuerza hacia un movimiento continuo que avanza del caso a la teoría, retornando en espiral nuevamente sobre la experiencia.
El siguiente material clínico nos servirá para seguir interrogando algunos aspectos de las toxicomanías ya planteados en nuestra comunidad de trabajo . En esta oportunidad, la respuesta que el tóxico puede brindarle a un sujeto frente a la coyuntura de la elección sexual. La hipótesis de trabajo supone a la droga taponando la estructura tanto como la emergencia y la constitución del síntoma. La dificultad en el diagnóstico y en la operatoria analítica son sus consecuencias más evidentes. Pretendemos entonces poner a prueba la idea y la necesidad de interrogar la relación del tóxico como partenaire, ligada a la función de estrago propuesta por Lacan y subrayada por Mauricio Tarrab .
Motivo de consulta.
Eugenia tiene 43 años y llega al servicio de adicciones del hospital luego de haber intentado con otros tratamientos. En ese momento consumía pasta base prácticamente todos los días y en ocaciones también marihuana y cocaína. No podía frenar el consumo, y ese era el principal motivo de su consulta.
A esto se le sumaban otros problemas y padecimientos. Desorganizada con el dinero, le pedía o le robaba plata al padre y la gastaba compulsivamente. No duraba en los trabajos y se pasaba horas drogándose sola en su departamento por la “ansiedad” y el “vacío” que sus frustraciones le provocaban. Luego de consumir aparecía el “pánico o miedo”, los “murmullos” y los ruidos en las paredes, junto con la sensación o la idea de que algo iba a ocurrir o alguien a aparecer, en particular la policía. Además una conducta llamativa: se quedaba un buen rato rascándose la cara hasta lastimarse, sin poder parar. Todo esto incrementado en el último año pero sucediéndose desde que se separó, cuatro años antes, de su última pareja. Es ese entonces el primer episodio que queda asociado a su sintomatología actual.
Pero todo esto, y lo que sigue, logró construirse luego de mucho esfuerzo y varias entrevistas, y es uno de los motivos de interés para dicha presentación.
Presentación.
Los primeros meses de entrevistas tuvieron por función ordenar el discurso confuso de la paciente. Eugenia, quien vive sola y está sin trabajo, se presenta de una manera tal que al comienzo es muy difícil entender lo que dice. Cambia de tema constantemente, sube y baja su tono de voz hasta no escucharla o soportar sus gritos, y pasa a hablar de otra cosa sin terminar la oración o redondear la idea. Su yo y su discurso están bastante desorganizados al igual que su imagen. Su vestimenta y el cuidado de su cuerpo testimonian de dicho desorden. Hasta ese momento no se presentaba como una paciente que pudiera hablar de sus cosas, menos aún como un analizante.
El analista operó entonces, al comienzo, como punto de referencia para que pueda instaurarse algún orden posible (al principio un ordenamiento imaginario, o yoico, que luego obtuvo en lo simbólico el punto de anclaje que permitió la producción de efectos de sentido) si se puede decir, como un nombre-del-padre. En esta tarea colaboró el recurso al dispositivo grupal como una herramiente más utilizada en la dirección del tratamiento.
De todos modos, se planteaba la necesidad de establecer allí un diagnóstico diferencial, ya que tanto los murmullos, ruidos e ideas de persecución como el lastimarse y las características de su discurso, demandaban cierto cuidado frente al riesgo de encontrarse con una psicosis desencadenada. El episodio con M, su última pareja, aporta los primeros elementos para ubicar una coyuntura.
La historia de su consumo.
Eugenia comienza a consumir marihuana a los 15 años, momento en el cual se enferma su abuela materna, quien era para ella una referencia importante. Con los padres trabajando todo el día fuera de casa, era quien la cuidaba y se ocupaba de ella. A partir de allí comienza a tener relaciones sexuales (en las que no se cuidaba). Punto de encuentro con el goce sexual que exige del sujeto una respuesta.
A los 17 años, poco después de la muerte de su abuela, se casa “apurada” con C (“para estar juntos más tiempo”), quien fue su primer novio importante y padre de su única hija (hoy de 25 años). Juntos consumían marihuana. Se separó a los 20 años, bajo la circunstancia de un embarazo abortado. Fue ella quien lo dejó, aunque comenta: “me hizo mal”. Del embarazo agrega: “moría por tenerlo, tampoco lo iba a tener sin padre”.
A los 24 años vuelve a estar en pareja, esta vez con O , con quien consumía un poco de la cocaína que este traía de Bolivia. Viven en la casa de una tía materna (alcohólica) que poco tiempo antes cayó enferma y tuvo que ser internada, y que luego de recuperarse vivió junto con ellos. Esta vez fue él quien la dejó, no sin antes abortar nuevamente otro embarazo, el cuarto o quinto de la serie. Allí el consumo de cocaína aumenta. Dice: “quedé enganchada hasta el día de hoy”.
Por último, su mencionada relación con M, luego de la cual se instala fuertemente el consumo de pasta base como recurso y como padecimiento.
Lo conoció a los 38 años y lo llevó a vivir a su casa luego de un tiempo de relación en donde el consumo y las peleas eran los factores preponderantes, ya que él estaba casado con una prostituta, y esto ocasionaba problemas. Empezaron a vender cosas de la casa y cayeron presos por instalar allí un negocio “trucho” y por encontrar la policía una buena cantidad de cocaína en el departamento. Cuando quedaron en libertad volvieron a vivir juntos por un tiempo en otra casa. Consumían todo el tiempo y era M quien entonces padecía de la sintomatología que hoy padece nuestra paciente: el pánico persecutorio y el rascarse el cuerpo hasta lastimarse. Eugenia empieza a preguntarse qué fue lo que la enganchó en esa relación.
Es de esta manera como, junto a la historia de su consumo, comienza a gestarse la posibilidad de historizar la relación a sus partenaires, relación teñida de abortos, ecxesos y separaciones. Historia que la lleva a hablar sobre los abortos de su madre (que, por otro lado, el padre propiciaba); sobre las depresiones de su mamá y el carácter “inaguantable” de su papá; y sobre su hermana fallecida a los 2 años y medio, varios años antes de que ella naciera.
La posibilidad de construir dicha historia despeja el problema diagnóstico y produce un cambio en el tratamiento.
Un lugar en el Otro.
Eugenia comienza a faltar y a llegar tarde a las entrevistas, llama por teléfono y se presenta mucho más arreglada. Ella advierte los cambios y las nuevas conductas pero no les encuentra motivos. En el interín ocurren otras dos cosas interesantes que para ella quedan sin explicación.
En primer lugar, cuenta que la noche anterior se hizo pis mientras dormía y que se sorprendió, puesto que es algo que no le ocurre nunca. Aunque después recuerda que un poco pasada su infancia, entre los 9 y los 11 años, se hacía pis en la cama, en una etapa de su vida en donde tenía problemas de conducta y fue llevada al psicólogo en más de una oportunidad. Luego se refiere a las “relaciones dependientes” que mantiene con sus padres, con quienes dormía en la misma habitación hasta los 11 años, y solía acostarse en la cama con ellos. Por entonces su hermana mayor, de 18 años, se casó embarazada y fue “el escándalo de la familia”.
En segundo lugar, unas entrevistas después, comenta que por momentos sufre de “falta de audición”, que últimamente le aparece un “zumbido en los oídos”, y recuerda que de chica tenía problemas al respecto; tenía según ella un agujero en el tímpano. Además agrega que su madre usa audífonos y que su padre hace tiempo que también tiene problemas parecidos.
De este modo, parecen actualizarse en transferencia dos síntomas de la neurosis infantil, la enuresis y la falta de audición, que permanecieron en suspenso mientras funcionaba la droga como recurso. Recurso que, se verifica durante el tratamiento, se instala justo después de quedar ella tomada por la palabra de la madre, más precisamente por su “tono de voz”. Dice: “ganas de consumir”, “me desorganicé”; luego de “hablar dos boludeces con mi mamá”. Dato que advierte sobre la articulación entre el consumo y la relación con la madre.
Pero además, otras formaciones del inconsciente se van sucediéndo: sueños, fallidos y fantasías. Confunde en su discurso a su abogada con una “psicóloga”, a una amiga con su “hermana” y al marido de su amiga con un “chorro”. Sueña con que la quieren matar (“engancharla de un clavo en la cabeza”); sueña con O, quien le dá un beso en la mejilla (“evidentemente sigo enganchada igual”, dice). De esta manera el significante enganchar, en su función de pivote, se produce en transferencia como indicador de la relación al Otro. Además Eugenia cuenta que se le ocurrió la idea de un aborto mientras se rascaba la cara, dice: “por lo de la sangre”. Surge entonces un tratamiento metafórico sobre actos antes compulsivos: sustitución de un valor de goce por un valor de sentido . La cantidad y la frecuencia del consumo se reducen, pero éste no desaparece.
Todo esto en el contexto de la construcción, un tanto desordenada, de su novela familiar, orientada hacia el punto preciso del oscuro deseo de su madre. La estructura, hasta allí en suspenso, hace su aparición en el encuentro con el discurso analítico.
“Una nadita”
Eugenia cuenta que se le “pegó lo depresivo” de su madre, también su ansiedad y su desesperación. Relaciona la ansiedad de su mamá, con su propia ansiedad por consumir drogas, dice: “sentía su misma desesperación”.
Dice que la madre cambió a partir de la muerte de su hija, quien tenía el mismo nombre que la madre y murió de meningitis. Cuenta que su mamá quería tener más hijos pero que se veía obligada a abortar por decisión del padre de Eugenia. Recuerda también que quizo suicidarse en una oportunidad.
Respecto de su hermana mayor dice que también se hizo abortos y que “recomienda abortar”, que antes de los 6 meses no trae consecuencias porque no entra el alma en el bebé. Comenta que con Soledad, su hija, están “los roles cambiados, madre-hija”, y que por su comportamiento su hermana opina que ella volvió a los 15 años. “Soledad empezó con las fotos de la muerta”, “está siempre entre nosotros”, agrega.
El tema de los abortos se va convirtiéndo en cuestión y se transforma en pregunta.
Habla en una entrevista sobre una discusión con su madre: “la queja constante, con ese tonito que es mortal”, “salió el tema de los abortos”, “saltó el tema de mi abuela”. Y agrega: “no sé si no me habrán querido abortar también”, “no sé si Soledad no se hizo la misma pregunta”, “¿cómo llegué yo hasta acá?”, “algo debe haber con todo eso”. El deseo de su madre comienza a ser interrogado y aparecen recuerdos de su infancia. Se recuerda a los 10 años, en su casa, “aburrida”; a los 6 o 7 años, dice: “quería que me abrazara mi vieja y no lo hacía”; y llora angustiada recordando el momento en que internaron a su abuela, alrededor de sus 15 años.
Recuerda que era “vestida, comida y estudiada” por la abuela porque la madre no estaba en la casa; abriéndose la dimensión fantasmática en la que queda ubicada como objeto frente a un Otro gozador. Finalmente suelta un comentario: “llegué tarde”, dice: “me siento una nadita”.
A modo de conclusión.
Creemos que el material clínico trabajado permite esclarecer la estrecha relación que existe en este caso entre el partenaire droga y el partenaire hombre, que más que constituirse como parejas sintomáticas del sujeto, sustituyen y toman el relevo de la relación estragante con la madre. La identificación a una serie de personajes femeninos (abuela, tía, hermana y amigas) acentúa en la paciente la presencia fantasmática de la enfermedad, los abortos y la muerte; mientras se produce, en consonancia con esto último, un largo desfile de hombres y sustancias tóxicas, que devastan y estrangulan la posibilidad de anudar la castración a la constitución de un síntoma neurótico. El tóxico tapona la estructura allí donde el problema sexual debe ser planteado. El dispositivo analítico ofrece entonces la chance de pasar del estrago al síntoma.
Marcelo Mazzuca, Carolina Zaffore y Esteban Klainer (TyA, Buenos Aires)
Les premiers temps de la rencontre avec cet homme pouvaient laisser supposer que la drogue tombait à point nommé pour justifier ses reculs face aux occurrences du désir qui se présentaient à lui.
Qu’il s’agisse d’affronter la patronne de l’atelier d’artisanat où il se formait bénévolement pour obtenir un statut de stagiaire rémunéré; ou de reprendre contact avec telle femme croisée quelques jours plus tôt alors qu’il se plaignait de manière lancinante de sa solitude prolongée, l’idée de la drogue, ou les comportements selon lui afférents à la toxicomanie surgissaient au moment où il lui aurait fallu s’engager dans l’une de ces voies.
Ainsi, il contacterait cette femme lorsqu’il serait moins désargenté... mais flambait l’argent à peine reçu dans une nouvelle consommation de drogue.
Cet homme de 48 ans sort d’une période de consommation massive de cocaïne qui l’a conduit à frôler la mort lorsqu’il se présente dans notre centre pour demander de l’aide.
Il finit, s’appuyant sur notre soutien, par demander et obtenir ce statut officialisé dans cet atelier en dépit du scepticisme affiché de sa mère et débouche sur la constatation, une fois ce point apaisé, que son problème essentiel, celui sur lequel il avait buté lors d’un premier travail effectué une dizaine d’années plus tôt, ce sont les femmes.
Une rechute lui est l’occasion de décrire ce que furent au début de sa vie d’adulte ses relations avec les femmes, ce qu’il nomme: l’élastique.
Il s’agissait de séduire, s’assurer l’attachement de l’autre, puis partir, peut-être lorsque l’autre semblait dépendre de lui, peut-être pour traiter de la sorte sa propre peur de la dépendance avance-t-il.
Il attribue cette incapacité à fonder une relation à l’éducation qu’il a reçue, de sa mère en particulier: envoyé dans un internat strict toute la durée de ses études primaires -là est prodiguée la meilleure éducation- il est maintenu à l’adolescence dans une grande solitude, toute relation de camaraderie, a fortiori amoureuse, étant malvenue dans le cercle familial, les parents se tenant eux-mêmes à l’écart de toute vie sociale.
Cependant, dans ce premier temps de nos rencontres, les interventions visant à maintenir ouvert l’écart où le sujet aurait eu à s’engager, voire à seulement interroger ce qui l’écartait de son désir n’emportaient aucun effet. La consommation de drogue, par ailleurs, s’avérait au fil du temps loin de répondre seulement à ces coordonnées d’évitement du désir.
S’est progressivement découverte, en effet, l’étendue de l’empire maternel, et les va et viens de ce sujet entre les efforts pour le mettre à distance et les tentatives de le coloniser, par exemple en quête de l’assentiment maternel dans son projet de fonder une vie de couple.
« Qui voudrait de toi dans un état pareil? » lui avait-elle lancé: la prise de drogue apparaît alors comme tentative de faire pièce à l’Autre maternel avec ce qu’il appelle sa « vengeance » lorsque celui-ci se fait trop intrusif.
Cet appel à un « autre Autre », qui aurait lui-même ses lois, ses exigences internes, et qu’il tente de faire valoir auprès de sa mère, est cependant voué à l’échec: le sujet s’y trouve tout autant englouti. Dans ces moments-là, en effet, « ça devient automatique, je ne commande plus mon cerveau. »
L’idée de la vengeance ne constitue probablement qu’une tentative d’habiller l’insupportable, pour lui, des reproches de sa mère, qui le laissent sans autre recours que de plonger dans la consommation: « Dès qu’il y a conflit, je pense schnouff. »
La drogue ne constitue donc pas un refuge; bien plutôt apparaît-elle tout aussi ravageante que l’Autre maternel -qui régente jusqu’à l’aménagement intérieur de son logement- construite comme une réponse métonymique à cet Autre. En témoigne cette scène où il prie sa mère de cesser ce flot de reproches dont elle l’assaille faute de quoi il prendra tous les médicaments qu’il a sous la main. Et c’est l’escalade, qui ne trouvera un terme que dans un malaise de la mère après qu’elle ait laissé son fils réaliser sous ses yeux ce qu’elle l’exhortait d’arrêter, sans parvenir à se taire.
Le « problème avec les femmes » avancé par ce sujet se trouve à partir de là s’inscrire tout autrement.
Le paradigme de la « naturalité » de la rencontre avec l’Autre sexe qu’il avance maintenant comme alternative à ces rencontres sans lendemain possible auxquelles il avait été réduit il y a de nombreuses années lui permet d’ajourner sans cesse le moment où il aurait à s’engager, et apparaît comme possibilité « d’éviter le problème sexuel », selon les termes de Jacques-Alain Miller.
Il s’agit en effet de rencontrer une femme « naturellement », sans jeu de séduction, en commençant par l’amitié, celle-là même qu’« on ne lui a pas apprise à l’adolescence » et qui lui permet de reculer indéfiniment le moment de la rencontre amoureuse.
La drogue va dévoiler sa fonction de recouvrement de cet évitement lorsqu’une femme, dont la rencontre répondait à ces nouvelles coordonnées posées par le sujet, lui formule une demande plus pressante. Le risque de rechute est alors avancé pour refuser l’engagement pressenti; suivi d’une nouvelle période de consommation.
Ce sujet n’est pas sans apercevoir l’impasse que constitue la consommation de drogue: s’il s’abrite sous les signifiants communément admis autour de la toxicomanie (les rechutes, l’endettement, la volonté qui vous dépasse,...); il invoque par moments, lorsqu’il tente de se maintenir hors de ces consommations, de « retrouver un sens à sa vie », le fait « qu’il n’est pas un toxicomane comme les autres », ce dont témoignent selon lui ses parfois longues périodes d’abstinence.
Il qualifie maintenant la drogue de « fausse liberté » et décrit son effet « boomerang »: « tout de suite après, je regrette ».
Tout ceci constitue cependant un point d’appui bien faible pour freiner l’appel à cet « objet de la demande la plus impérieuse » .
C’est ailleurs que se sont progressivement découvertes d’autres tentatives de réponse du sujet à cet Autre non séparé de la jouissance: dans le vélo, et dans son travail d’artisan; lesquels se sont avérés répondre, pour une part au moins, à la même fonction.
Le vélo est d’abord apparu comme rempart à la rechute par l’usage du corps différent qu’il sollicitait: l’effort physique, parfois porté lui aussi au-delà des limites du raisonnable, appuyé sur les deux signifiants censés l’aider à retrouver une vie normale: constance et persévérance, lui a premis de prolonger les périodes sans consommation. D’autres attaches signifiantes, liées à des modes de socialité différents (la création de trajets originaux, en usant de l’espace urbain sur le mode des utilisateurs de skate-board) le consolidaient sans doute dans ce rôle.
Le soin mis par cet homme à construire ses vélos, important des pièces de différents pays d’Europe pour assembler un modèle qu’il dit unique sur le continent a révélé ensuite la tentative de représentation du sujet que cet objet de sa passion constitue. « Là, dira-t-il un jour, je pense, et ça finit par se rassembler »
Le vélo comme création, donc, tout comme l’occasion lui en est donnée dans cet atelier d’artisanat où il a été engagé.
Ce travail est la seule chose qu’il maintiendra en dépit des périodes de consommation qu’il traverse, modulant celle-ci en fonction de celui-là.
Il y refera l’expérience des relations sociales, qu’il avait perdues depuis un long moment, acceptant progressivement que la reconnaissance du savoir-faire des artisans en place ne soient pas forcément le signe de sa dépréciation: « J’ai appris l’humilité ».
Il y retrouve donc l’occasion du travail artistique, auquel ses études l’avaient préparé, mais qu’il n’avait pas pu soutenir ensuite, hors la présence de ses professeurs.
Et y élabore sa définition de l’art, à propos de l’art nouveau sur lequel il travaille à ce moment-là: non pas la symétrie, référée à l’ordre, la rationnalité et donc l’instance maternelle: non pas la dissymétrie, associée à la marginalité dans laquelle il a plongé durant sa jeunesse « punk »; mais l’assymétrie, celle qui donne l’apparence de la symétrie, (tout comme le signale la consonnance signifiante), qui dégage une harmonie, mais n’en réserve pas moins la possibilité d’un espace propre au sujet hors de la prise du regard maternel.
Nadine Page
Presentamos el caso de una mujer de 34 años que fue atendida durante 10 meses en una Comunidad Terapéutica y que demandó tratamiento por una adicción a la heroína. Señalaremos que también incurría en graves ingestas de alcohol bajo la forma de la dipsomanía. El material recogido en las sesiones terapéuticas fue presentado en el GIA por Juan Ramón Lairisa y trabajado a lo largo de diversas reuniones en este mismo marco.
El consumo de heroína por inhalación se había iniciado un año antes de su ingreso y había sido inducida a ello por su novio para aliviarse de su sufrimiento. La angustia había tomado forma variada desde la adolescencia: diversas somatizaciones como aceleración del ritmo cardíaco –palpitaciones- y sensaciones de ahogo. Los médicos a los que se había dirigido una y otra vez habían hecho oídos sordos a la demanda de significación que intentaba abrirse camino en sus quejas. “No tiene nada”, le habían dicho, recetando dosis altas de benzodiacepinas que no habían hecho gran efecto. Durante su ingreso la medicación fue reduciéndose hasta eliminarse totalmente.
Nuestras reuniones de discusión nos permitieron puntualizar dos aspectos del caso:
1) la vertiente de las identificaciones que se pusieron en juego en el tratamiento y que permitió la desaparición de ambas adicciones.
2) una resolución sintomática que puso en primer plano el goce en relación a su posición sexuada.
Decepción e identificación
A lo largo de las sesiones se desplegó una historia marcada por la condición de su filiación y que recibió un valor especial a partir del abandono del padre acaecido durante la infancia. Las sucesivas versiones del relato de este abandono lo ubican como la matriz de su novela familiar y también introducen otros elementos que permiten situar su posición en el fantasma, su insistencia por sostenerse como “la niña bonita”.
La primera versión: la madre dejó al padre y se trasladó con ella y el hermano a Barcelona. Más tarde supo que el padre pegaba a la madre y que por esta razón se marcharon de su lado. Al hermano también le pegaba. "A ella nunca la tocó", a ella la quería mucho, era su preferida, "era su niña bonita".
La segunda versión: cuando la madre resolvió separarse, el padre propuso a la paciente que siguiera con él. Es entonces cuando la madre le dijo que el padre le pegaba. Ella había visto las señales de los golpes, su cara amoratada, pero siempre le había dicho que se había caído. Cuando se enteró de la verdad, se horrorizó. Si trataba así a la madre: "el padre la engañaba a ella” y decidió, sin dudarlo, marcharse con la madre. Posteriormente volvió en varias ocasiones al tema de estas agresiones, preguntándose por su supuesta ignorancia ya que pensaba que forzosamente tenía que haber visto algo.
En la última versión, el padre le dio a elegir entre marcharse con él y tener un apellido o quedarse con la madre. El padre no estaba casado con ella sino con otra mujer y tenía dos hijas de ésta. Había decidido regresar con su esposa. En ese momento ella no se pronunció, pero a los pocos días la madre le comunicó que dejaban al padre. Marcharon inmediatamente sin despedirse; la madre tenía la maleta preparada bajo la cama y nunca más lo había vuelto a ver. De él recordaba que era conocido en el pueblo en que vivían como "el niño bonito". Nunca trabajó, pasaba el tiempo en los bares, era alcohólico. Siempre se mostraba educado y encantador con los vecinos pero en casa maltrataba a su familia. De todas maneras ella era su preferida, “su niña bonita”.
Estas distintas versiones que se van produciendo a lo largo de todo el tratamiento, es la manera en que el sujeto se historiza y construye su novela. Lo que queremos poner de relieve es que todas se producen sobredeterminadas por un hecho clave: el abandono del padre que no le da su apellido y elige regresar con su anterior familia. Es éste el punto “traumático” al que el sujeto da sus respuestas. Este abandono produjo la caída del lugar en que ella se situaba en relación al padre y que se condensa en: “su niña bonita”. En las posteriores relaciones con los objetos de amor, se esforzaba por recuperar este lugar e indefectiblemente se repetía la misma decepción, con graves consecuencias para ella. Veámoslo.
Al llegar a Barcelona fueron a vivir a casa de un hermano de la madre. Tenía un restaurante y la madre trabajaba allí, ella ayudaba en lo que podía. Para su tío, ella era "su princesa", hasta el punto que la hija de éste comenzó a tenerle celos. Además, la madre le compraba vestidos y regalos. Pensaba que esto era debido a que en la separación, ella se había decidido en favor de ésta. Definía la actitud de la madre hacia ella como: "Que no le faltara nada a su niña".
A los 16 años se produjo la primera repetición de la secuencia “abandono – decepción”. La madre dejó de trabajar para el hermano, reclamó a éste un dinero que le debía y se volvieron a marchar. El tío se negó a admitir la deuda; consideraba que ya estaban pagadas con la manutención durante el tiempo en que permanecieron en su casa y también mencionó los vestidos que le había regalado a la paciente. Ésta quedó muy decepcionada de él y se sintió de nuevo engañada. Él no había valorado su trabajo. Todas las personas que había amado, excepto su madre y su hermano, la habían engañado y se habían aprovechado de ella.
Los efectos de esta reactualización de la situación traumática original, se saldaron con una grave anorexia que requirió ingreso hospitalario. A lo largo de su vida había tenido otros episodios similares aunque de menor gravedad y que a menudo iban acompañados de bulimia.
Posteriormente, una segunda repetición puso en juego los mismos elementos. Tiempo después marchó a vivir al extranjero con un matrimonio para los cuales trabajaba. Comenzaron a haber problemas en la pareja y entonces ella inició el consumo de alcohol. En circunstancias no aclaradas -puesto que dijo no recordar nada- regresó a Barcelona en mal estado, sufría una gran depresión y bebía mucho. La madre y el hermano la llevaron a un psiquiatra quien decidió un ingreso hospitalario. Como sabemos, lo que no se recuerda, se repite. Y es así que lo sucedido después, arroja luz sobre ese momento en que comienza la dipsomanía. El relato de un episodio posterior lo muestra con claridad.
Este matrimonio había regresado también a Barcelona y, de nuevo, se unió a ellos en la apertura de un restaurante. Una mañana tras levantarse, compró una botella de “vino malo” y se la bebió. Luego fue al restaurante y arremetió violentamente contra todos, en especial contra el marido de la amiga. ¿Qué había sucedido?. La noche anterior su amiga le había contado que el hombre le pegaba. Los episodios de dipsomanía continuaron: en ocasiones, cogía una botella de cualquier bebida alcohólica y se la bebía de un tirón. Cuando bebía “no era ella", insultaba a su familia y agredía en especial al hermano y también a sí misma. Se golpeaba contra la pared hasta causarse lesiones en la cara.
Estas repeticiones de la situación traumática inicial nos permiten señalar:
a) La paciente buscaba recomponer la estructura que precedió a la primera ruptura: el “matrimonio” de los padres, donde ella se sostenía en la identificación primordial a “la niña bonita”, la niña amada por el padre. De esta manera intentaba sustraerse a la decepción, pero la encontraba en el circuito de la repetición junto a la satisfacción paradójica que se le imponía como abandono.
b) Tal como fue señalado por Freud, hallamos en el caso: demanda de amor, decepción, identificación. La identificación es a los rasgos del padre: el alcohólico, el que pega y, como veremos, el que abandona.
c) Si por el lado del amor tenemos el par “la niña amada” - “la niña abandonada”, por el lado del goce aparece la vertiente pulsional de lo oral en la serie: anorexia, bulimia, dipsomanía; como así también el marco fantasmático: abandonar, ser abandonada.
A continuación pondremos de relieve las siguientes secuencias que tuvieron lugar durante el tratamiento:
- Advirtió que había ocasiones en las que le costaba hablar. No podía mostrarse en desacuerdo, ni negarse a lo que le pedían por temor a que se enfadaran con ella y “la dejaran de lado”. El temor a ser rechazada la situaba a merced de las demandas de los otros y en estas circunstancias se producía el recurso a los tóxicos. Lo que no pasó por la palabra -la ilegitimidad de su filiación, el deseo de los padres que cifró su nacimiento, la demanda al padre que quedó “atragantada”, la despedida del padre que nunca ocurrió- pasaba al acto. Después de que esto se le revelara en toda su importancia, durante una salida de fin de semana de la Comunidad, la madre perdió un anillo y desconfió de ella. La paciente se enfureció, empezó a gritar, revolvió toda la casa y finalmente lo encontró. Explicó que en otro tiempo, por una cosa así, se hubiera bebido una botella. Lo que se jugaba en la dipsomanía, aparecía en el objeto simbólico de lo que faltaba: el anillo, el objeto de la vergüenza. Sí, ella lo decía: cuando bebía aparecía su parte "mala". Ella era “alegre, simpática, trabajadora y encantadora con todos”. Pero tenía también una parte escondida de la que se avergonzaba. Cuando bebía, decía lo que pensaba y hacía cosas malas a las personas que más quería. Se sentía culpable de estos actos, aunque los hubiera cometido bajo los efectos del alcohol.
- Respecto a la adicción, recordaremos que el consumo de heroína era por inhalación. Había dicho que siempre estuvo convencida, sin tener prueba alguna, de “tener la misma nariz que su padre”. No obstante, envidiaba la preciosa nariz de su madre. Le desagradaba la suya e incluso había pensado en múltiples ocasiones en operarse. Esta operación nunca se llevó a cabo por temor a morir. Sin embargo, advirtió entonces que a lo largo de su vida había sufrido múltiples traumatismos en su nariz, ya fueran voluntarios o supuestamente casuales. Veremos que la inhalación de heroína no era un episodio más, sino que señalaba una discontinuidad en relación a la dipsomanía que había caracterizado su adicción a lo largo de varios años. La inhalación, si bien estaba sostenida en la identificación al padre, abría la vía de la imagen del cuerpo femenino.
- Una relación iniciada con un compañero de la Comunidad Terapéutica permitió la aparición de un nuevo síntoma: los celos. Se pensaba inferior a las otras mujeres y temía que la dejara por cualquier otra. Cuando estaba con su pareja reclamaba una atención absoluta, quería ser la única para él. Le hacía escenas frecuentes, se enfadaba, lo insultaba y se alejaba de él. Sabía que los celos eran injustificados, pero no podía dejar de sentirlos violentamente. Al mismo tiempo, surgió la figura de una compañera a la que situó como rival. Encontraba en ella ciertos rasgos que eran comunes a una serie de mujeres que habían sido importantes en su vida. Admiraba a esta clase de mujeres, pensaba que ellas sabían lo que querían y que lo conseguían. Experimentaba hacia ellas una mezcla de fascinación y rechazo. Hay que señalar que ella y esta compañera “compartían” el mismo terapeuta y que no pasaba inadvertido cómo la paciente vigilaba la situación.
Una resolución sintomática
Su nueva pareja procedía de otra ciudad, estaba divorciado, vivía con su madre y con una hija nacida en su matrimonio. Le propuso que fuera a vivir con él. La paciente se negó a ir con la familia de éste. Sólo aceptó cuando él accedió a separarse de ellas y marchar a vivir los dos solos a un piso alquilado. La madre de él se seguiría ocupando de la niña. Para todo ello necesitaban el apoyo económico de sus respectivas familias. Al principio, su madre y el hermano se opusieron. Pero ella se manejó bien en la situación, aceptó presentarles a su novio y consiguió el apoyo de la madre. El hermano, finalmente, cedió a regañadientes. Con ello la paciente se alejaba de su entorno familiar y separando al novio de su madre y de su hija conseguía ocupar, al menos por el momento, el lugar por el que se había esforzado: ser la única para su pareja.
Al terminar el tratamiento en la Comunidad prosiguió las sesiones durante unos pocos meses. Al comienzo se mostraba feliz y radiante en su nueva vida, había encontrado al hombre de sus sueños. Su novio era “guapo, educado, tierno, afectuoso, limpio: una maravilla". Además, sólo vivía para ella, no la dejaba sola ni un instante. Bien pronto, tanta felicidad se le hizo insoportable, "faltaba sal en su vida". Se reanudaron las escenas de celos. Volvió a tener taquicardias y ahogos, pero no quería volver a estar enferma, ni a tomar fármacos. Ahora decía saber la causa de estos sufrimientos: eran los celos. Ella era varios años mayor que su pareja y temía que en el futuro él se interesara por alguna jovencita y la dejara. No se explicaba cómo la quería tanto. Incluso pensaba si no sería mejor dejarlo ahora, antes de que él lo hiciera. Y añadió: “Mi padre me dejó, aunque me diera a elegir, mi padre me dejó y mi tío también”.
Poco tiempo después el tratamiento se interrumpió. Llevaba semanas buscando trabajo, al fin lo había encontrado y eso le impedía los desplazamientos para continuar asistiendo a las sesiones. No dejaremos de advertir que finalmente ella hizo una elección: es el terapeuta quien “es abandonado” y esto permitió que ella continuara con su pareja, al menos en ese momento.
Comentarios
Del trabajo de discusión de este caso han aparecido otros elementos que pasamos a señalar.
En primer lugar surgió en el tratamiento la identificación a ciertos rasgos del padre que se produjo en la decepción de su demanda de amor. Si esta paciente pudo abandonar sus adicciones, dipsomanía y heroína, es porque en el tratamiento se pusieron en juego esos rasgos que marcaban, en el primero, una vertiente del goce del padre, y en el segundo, aquello de la imagen, “la nariz”, que hacía mancha en el cuadro: “la niña bonita”. Esa primera solución que gobernó una importante parte de su vida con graves consecuencias, cayó.
En cuanto a la nueva resolución sintomática, los celos, nos ha llevado a reveer la siguiente problemática: tanto para Freud como Lacan, los celos siempre apuntan al enigma de la feminidad. No tenemos tiempo aquí para ver todos esos desarrollos, sólo insistiremos en una línea que hemos encontrado y que es relevante para el caso: la exigencia de fidelidad.
Partimos de lo señalado por Freud: el temor a la pérdida de amor es en la mujer equivalente al temor a la castración. Siguiendo esta tesis podemos situar el origen de los celos, en este caso, como una expresión del miedo a la pérdida del amor del Otro. Su pareja toma el relevo en la serie de los otros que inaugura el padre en cuanto destinatario de la demanda de amor.
También en Lacan encontramos esta “exigencia de fidelidad”. En relación a la duplicidad en la mujer del amor y del deseo, indica cómo esta duplicidad da cuenta “del verdadero motivo del que la exigencia de la fidelidad del Otro recibe en la mujer su rasgo particular“ . Lacan señala muy especialmente en el año 58 que en la mujer convergen sobre el mismo objeto la experiencia de amor y de deseo, y es fundamentalmente en la vertiente del amor donde ella ve el peligro, en la posibilidad de perder el amor del amante. También es importante señalar que en estas fechas, Lacan pone de relieve otra cuestión: lo que él llama en la mujer “la duplicidad del sujeto”, y dice: “El hombre sirve de relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma, como lo es para él” . En este sentido, el hombre sirve para tener acceso a la feminidad en tanto alteridad. Esto se ve muy bien en nuestras histéricas, en la problemática de los celos femeninos. Toman el relevo del hombre para, desde allí, querer saber qué es esa Otra.
En los años 72 y 73 esa “duplicidad del sujeto” se torna en desdoblamiento del goce femenino en las fórmulas de la sexuación. Al falocentrismo en el hombre se opone el desdoblamiento del goce femenino: no-toda en el goce fálico. Y entonces, la exigencia de fidelidad es retomada de esta manera: “Decir que una mujer no es toda, es lo que el mito nos indica por ser ella la única cuyo goce sobrepasa al que surge del coito. Por eso mismo, quiere ser reconocida como la única por la otra parte...” Aquí la causa de la exigencia de fidelidad no es el amor, es el goce femenino.
Después de este recorrido que hoy resumimos, volvemos al caso. ¿Qué podemos decir de la feminidad de esta mujer? Cuando nos hicimos la pregunta apareció algo que habíamos desatendido: la relación con su madre. Nos había llamado la atención que no hubiera ninguna clase de grandes reproches hacia ella, cosa extraña en una neurótica (y decididamente lo es). Su identificación histérica al padre es cuestionada en algunos rasgos importantes que caen, mientras que su posición en el fantasma permanece intocada. Ello es patente al final donde esa posición se juega activamente en la transferencia: la que abandona. Por otra parte, “la niña bonita” no es sólo el sintagma que define su posición con respecto al padre, ella lo había señalado bien. Había una extraña seguridad en que su madre no podría dejarla marchar con una pareja, siempre se aseguró la versión de que ella no podía faltarle. ¿Cómo es que finalmente puede acceder a llevar una vida de pareja con un hombre?. Todo apuntaba a que por fin conseguía que un hombre la amara, y, además, que su exigencia de fidelidad se cumplía, puesto que él abandonaba a su propia madre y a su hija; ella era la elegida. Sí, esto es verdad. Pero lo que no habíamos percibido, es que ella puede hacerlo porque precisamente en otro lugar, una madre y una niña permanecen juntas. Es por ello que suponemos que la feminidad es precisamente el problema con el que se enfrenta y del que sus celos dan cuenta.
GIA (Grupo de Investigación sobre Adicciones. Barcelona)
Relator: Juan Ramón Lairisa
Participantes: Shula Eldar, Sandra Inchauste, Estela Paskvan, María Sánchez
Bajo este título, se presentará el material clínico(*) de un paciente, cuyo tratamiento es sostenido en una institución. A veces hospitalaria, otras carcelaria.
Estas particularidades agudizan el “vaivén”, las “idas y venidas” del sujeto, y si bien pueden dificultar la instalación del dispositivo analítico, sabemos que no lo impiden.
Aislaremos, en este caso, experiencias de la historia de Carlos, momentos decisivos que nos permitieron interrogar su problemática.
La derivación
Derivado por su médica infectóloga, llega Carlos a la consulta hospitalaria.
Es por ello, que de lo primero que habla es de su seropositividad. Y de la preocupación que lo invadió, desde el momento en que se enteró, que era H.I.V. positivo.
De esto dice:
“Ya han pasado dos años. Tuve que dejar la calle, y la prostitución. Trabajaba como travestí. Pero los deals de droga siguieron...”.
En realidad, fue la ley jurídica la que lo dejó fuera, ya que en estos momentos, él está cumpliendo una condena en una delegación policial.
Llega al hospital acompañado por dos agentes del orden. Siempre habla con ellos cordialmente y charla con las secretarias del servicio, como si fueran amigas.
La demanda
Fue él quien pidió ver a una psicóloga y concretar entrevistas. Su demanda en principio, estuvo promovida por la angustia. Angustia ese afecto desamarrado, a la deriva, loco, súbito, algo que sentimos, es señal que pasa algo.(1) Al comienzo Carlos la sitúa en estar recluido desde hace once meses, por el HIV. Luego describirá la ideorrea, que no lo deja dormir. Al preguntarle en torno a esas ideas, que le quitan el sueño y lo angustian, comenta :
“En realidad no sé para qué vivir! ¿Qué sentido tiene seguir?
Inicialmente estas fueron las únicas preguntas que deslizaba, luego fueron transformándose en :
“Qué va a ser de mí en estas condiciones? Qué futuro tengo? Cómo voy a usar mi libertad cuando salga?
El HIV lo alejó de la prostitución y eligió la droga como salida, como refugio. Satisfacción sustitutiva al servicio de reducir el malestar.(2)
La “calle” lo vinculó siempre a la droga y a la sexualidad. La calle es el lugar en donde aparece la permanente tensión con el ideal, que él mismo plantea: allí es discriminado, maltratado pero también es elegido como travestí. Al pasar agrega:
“ En la zona no hay tantos, más de lo que se piensa... pero la realidad es, que somos pocas”.
Tóxico y sexuación
Su historia de niña
Su madre muere cuando él nace. Lo cría la mujer de su padre, Marta, considerada por él, como su “única” madre.
A sus once años, el padre se cansa de Marta y la abandona. A pesar del padre, Carlos siempre visitó a su mamá a escondidas y hasta la fecha no ha dejado de tener contacto con ella.. Su padre vuelve a formar pareja con otra mujer, con quien ya convivía a instancias de las ausencias de Marta.
La nueva “adquisición” del padre, Juana, le pegaba y lo despreciaba:
“Yo le contaba a papá lo que ella me hacía, pero él nunca me creyó!”
Luego de esto, relata sus juegos infantiles
Lo sexual incluye un imposible. Este real lo tocó ya siendo niño y adelantándose a su época, sin disponer de las propuestas que la cultura actual propone como gadget, como tapón de la castración, él se encargó de rechazar todo signo de negatividad.(3)
“ Siempre jugué con nenas, con muñecas, coleccioné figuritas de brillantes, como lo hacían mis amigas. Cuando jugaba a la casita, yo era la mamá, me pintaba y subía mis pantalones para que pareciesen una pollera.
Siguiendo a Freud, la unificación de las pulsiones polimorfas por la vía de las identificaciones, es un modo a través del cual “el sexo llega a los niños”. Movimiento a partir del Edipo, que hace de la niña una mujer por medio de la madre y del niño un hombre por medio del padre.(4) Referencia edípica, que para Lacan está articulada al I(A) permitiéndole a cada uno, la asunción de su sexo y diciéndole lo que debe hacer como niño o niña. (5)
No existe en el inconciente un significante que nombre el sexo de la mujer, sólo es el falo, lo que disponemos para decir el sexo. Sexuarse implica asumir la incidencia del falo: ser o tener. La niña al considerarse desprovista de falo pretende obtenerlo y el niño que lo tiene, teme perderlo. Ambos apuntan a encarnar el falo que le falta al Otro. Otro simbólico, que ya no es más considerado, sino a partir de la elección de goce, de una repartición de goce: entre el goce fálico, goce del Uno y un goce Otro.(6)
Tomado en la función fálica será hombre y no tomada en esta función será mujer, Otra. Es necesario, que haya pérdida de goce del lado del Uno para que se abra la vía hacia el Otro, sustracción bajo la forma de condensador de goce, que es el objeto a. (7):
“Me sentía nena y se notaba muchísimo. Era muy delicado y me gustaban los varones. Por todo eso, no me aceptaban tal como era. Mamá siempre supo de mis juegos de niña”.
Su padre tenía un bar, que ocasionalmente funcionaba como prostíbulo y solía emborracharse a menudo y paso siguiente golpeaba a la mujer de “turno”.
En su adolescencia, a los catorce años, su padre “lo echa a la calle” al descubrirlo en un deal con otros adolescentes-hombres. En ese momento, en un ataque de furia le grita: “Por qué me saliste así!”. De esto dice:
“En cambio, mamá hasta me entendió, cuando supo que yo ya tenía novio!”
En la pubertad verificó, que el goce del cuerpo del Otro sexo está marcado por una no- proporción. (8)
¿Qué respuesta construyó frente a este encuentro siempre traumático?
Carlos en su caso particular y considerando su entorno en la infancia: el padre, el bar y las mujeres, más que represión sexual, tenía una oferta de puesta en acto de goce, como satisfacción de la pulsión,
¿Qué lugar entonces para la sexualidad?
La presencia masiva de la imagen sexual en tanto obscenidad, (9) entendiendo por obsceno, hacer público lo que es privado.
¿Qué efectos tuvo sobre él?
¿Qué de su lugar en la trama formada por los azares de la vida, por los dichos familiares y por el deseo de sus padres?
¿Qué respeto le merecía su padre? Alguien quien no pudo hacer de una mujer, la causa de su deseo.(10)
Su madre, estaba ubicada por este padre, como “nadie” y para ella su “marido”, era un salvaje brutal, digno de todo desprecio. Evidentemente el falo para ella no estaba ubicado del lado paterno. Lo situaba en Carlos, quien reitera:
“Siempre supo de mis juegos femeninos, nunca me privó de nada, me proporcionaba maquillaje, vestidos... Estaba fascinada conmigo!”
Su historia de consumo
¿Su elección sexual es la causa que lo empuja al tóxico?
¿Es especialmente la “carrera” elegida: ser travestís, lo que lo lleva por esta vía?
Cuenta lo fácil que era conseguir droga en la calle:
“Todos lo hacen!” Aquí el analista le señala:
“No todos”. Y él responde:
“ Bueno, todos los travestís, no queda otra! Si salís con alguien y no consumís, se enojan o te pegan. Una vez terminé en el hospital por no tener merca”.
El analista vuelve a intervenir:
“Qué quiere decir que no te queda otra?” A esto contesta:
“Uno cree, que no hay otra. Que no hay otra forma de vivir, que no hay otro trabajo, ni otra salida!”
Carlos refiere su relación al tóxico, como un empuje desde su “trabajo”, la condición para ser travestís, es consumir.
El Otro social funcionando como amo. Ese goce como sostén de lazo al otro.
En relación a las drogas se le pregunta cuáles consumía y responde:
“Un poco de todas... Cuando dejé todo, al principio extrañaba la cocaína, ahora ya no siento ganas”. “Cuando me enfermé me encerré y seguí con el negocio”.
El analista prosigue:
“¿ A qué se refiere con el negocio?” Contesta rápidamente:
“Sí, los deals. Yo vendía además de consumir. Conocí a una señora y le compraba siempre”
Frente a sus relatos ambiguos, él no puede situar lo que “le” significan pero asocia frases escuchadas desde muy pequeño y proferidas por Marta, su madre, que aún resuenan en su cabeza:
“Pobrecito no tiene madre! Entonces lo seré yo y nada le va a faltar”
Este Otro primordial, como función, y en ejercicio de un goce, fue quien significó la demanda de Carlos, algo de peso tuvo, ¿Qué lugar ocupó Carlos para ella, más allá de la perversión natural del lazo madre-hijo?
Si bien es fundamental, rescatar la elección del sujeto, convengamos que esta madre no es cualquier Otro. Carlos, como hijo, implica para ella una respuesta al fenómeno de goce.(11)
La toxicomanía fue otro de los resultados, que obtuvo Carlos en su inserción en la metonimia del deseo materno y sin disponer adecuadamente de un Nombre del Padre, que metaforizara el estrago de ese goce.
Cumpliendo su condena
Luego de un tiempo consumía para hacer todo. Era puro consumo, ya no simple montaje imaginario, sino una necesidad imperiosa de su organismo, imposible de relegar. La alternancia de períodos con y sin droga, se le tornaban ingobernables.(12)
“En ese momento, ya todo era un descontrol”
A esta altura , decide comenzar con la venta de drogas, “por un problema económico”. Económico pensado también, como el papel que juega el tóxico en su economía libidinal. (13) Una salida laboral, podríamos decir, pero justamente algo, le salió mal. Y no porque el sistema capitalista no tenga muy bien integrado esto. Algo se le fue de cálculo:
“Me mandó la misma señora a quien yo le compraba...”. . Y fue ella quien me denunció. Por ella estoy presa”.
A partir de esta denuncia es arrestado por tenencia de drogas para consumo y tráfico. Su conducta está penada por la ley de estupefacientes Nº 23737, ley especial del Código Penal de la Nación. (14)
En su adolescencia fue el padre quien lo echa a la calle y en este otro momento, es la policía quien “lo echa de la calle”.
El juez dictaminó su encarcelamiento en una delegación policial y no en donde le correspondía: una unidad de máxima seguridad. Su aislamiento, se debió a las condiciones especiales de su enfermedad.
Cada vez que habla de su estadía en prisión, lo hace en femenino, allí, ella es Carla.
Comenta, que hace poco ingresó un preso nuevo y que comenzó a gritarle y a insultarla sin parar: “ A los que son como vos habría que matarlos! matarlos a todos”. Prosigue:
“Yo tenía fiebre, tensión y mucho miedo. Pasé toda la noche así y este desgraciado gritándome! No aguanté más y le contesté: Cada una tiene derecho a vivir como una persona! Yo soy Carla!”
El estar presa y este límite puesto al otro por primera vez, sirvieron para que pudiese consentir en su discurso bajo transferencia, su posición femenina. Enunciarse a sí misma como mujer:
Me cohíbe verme sin vagina” o “Quiero ponerme una prótesis para tener senos”.
Pudo hablar de su única pareja, alguien a quien quiso mucho y la ruptura fue a causa de su H.I.V . De los hijos que quiere tener pero la realidad de este país, no se lo permite, de la calle a donde no piensa volver nunca más y de las drogas que están hoy para ella, muy lejanas.
Algo cambió respecto a la responsabilidad de sus actos. Comprender, al decir de Lacan, es condenar. La responsabilidad es decir, el castigo. Ser castigado por ir contra la ley es un derecho humano.(15) Esta vez su trasgresión fue punida y a sólo once meses de estar privado de su libertad y de mantener sus entrevistas preliminares, se siente golpeada en sí misma con el mismo golpe, que la hizo culpable frente a la ley.(16)
Hoy le resta cumplir un año de condena. Ella ya penó demasiado con ese goce a cuestas, apostamos a que de aquí en más, su vida deje de ser una cárcel ambulatoria. (17)
La entrada de Carla en el discurso analítico evitó “dejarla caer”, dejándonos a nosotros como resto, nuestra propia pregunta respecto al quehacer del psicoanalista.
Silvia Salvarezza
Bibliografía.
*) Recorte clínico aportado por la Lic. Dalia Lifschitz.
1) Freud, S “Inhibición, Síntoma y Angustia” pag.2859. B. Nueva Madrid. 1978.
2) Freud, S “El malestar en la cultura” T.XXI. Amorrortu. Bs.As. 1976.
3) Miller, J-A, Laurent, E “El Otro que no existe y sus comités de ética” El caldero Nº 56. Bs.As. 1997.
4) Freud, S “Tres Ensayos para una teoría sexual”. TVII. Amorrortu. Bs.As. 1976.
5) Lacan, J. “Las formaciones del inconciente” Livre V. Ed. du Seuil. Paris. 1998.
6) Lacan, J. “La Identificación” S. IX. Inédito.
7) Miller, J-A. “Los signos del goce”. Ed. Paidós. 1998.
8) Lacan, J “... ou pire” S.XIX. Inédito.
9) Comisión Cereda 2002. Argumentos de las Jornadas del Cereda XII Encuentro Internacional del Campo Freudiano.
10) Lacan, J. “Joyce le symptôme I”. SXXIII. Inédito.
11) Fernandez-L., G, Mira V.,Seguí, L. Y Unterberger, M. “Sobre toxicomanías y alcoholismo” Debate. Las adicciones. Cuadernos de Psicoanálisis. Ed. Eolia. Barcelona. 1994.
12) Sissa, G. “El placer y el mal. Filosofía de la droga”. Pag.21. Manantial. Bs.As. 1988.
13) Laurent, E. “Tres Observaciones sobre la toxicomanía” Sujeto, goce y modernidad II. Atuel. Bs.As. 1994.
14) Código Penal comentado. pag.236. Ed. Editora. Bs.As. 1998.
15) Hegel,F. “Philosophy of Right” Oxford University Press. London. 1978.
16) Lacan, L. “De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad”. Siglo XXI. México. 1975.
17) Salvarezza, S. “De los casos y las causas” II Coloquio Norpatagónico. Neuquén. 1991.
Il s’agit d’un homme rencontré dans une institution pour des personnes dites « toxicomanes » - l’Hébergement de Crise d’Enaden, à Bruxelles -, où, neuf fois en huit ans, il a été pris en charge (vingt-quatre heures sur vingt-quatre) pendant quelques jours ou, plus rarement, quelques semaines.
Ceci dit pour d’emblée préciser « les conditions de production »1 de la clinique de ce sujet.
Dans le cadre du thème de la XIIème Rencontre internationale du Champ freudien - « La clinique de la sexuation : impossible et partis pris » -, le cas est construit autour de la question de la fonction de la drogue dans le couple qu’il forme avec une femme.
La construction de ce cas est un pari, ce bonhomme, peu bavard, étant venu « pour se sevrer, … pas pour parler ».
Histoire et constellation familiale
Nous savons peu de sa constellation familiale et de son histoire. Eclairés par la thèse de Jacques Lacan « […] la condition du sujet S (névrose ou psychose) dépend de ce qui se déroule en l’Autre A »2 et par une indication d’Alfredo Zenoni3 d’être attentif à ce qu’une personne fait dans la vie, quelques éléments peuvent toutefois être articulés pour cerner sa position subjective.
Cet homme aurait eu quarante ans cette année.
Avant ses vingt-cinq ans, deux faits sont à relever. S’il termine ses humanités et s’il commence à travailler en montant une petite affaire de courrier express, très vite, c’est la faillite, parce qu’il ne paye pas ses impôts. Il ne travaillera plus jamais. Il continue cependant à aimer les voitures - il fait un peu de mécanique dans le garage d’un de ses frères et il est incarcéré parce qu’il les vole. Si ses actes sont entachés de honte, celle-ci ne se greffe que sur la violence caractérisant ses délits, non sur les vols eux-mêmes.
A vingt-cinq ans se scelle son destin. « C’était une période de ma vie où je ne savais pas très bien où j’allais, j’étais assez perdu », confie-t-il. Dans un contexte où se devine - ce n’est pas dit clairement - l’intention de sa mère de partir, il est marié par ses parents avec une femme de son pays et il commence à consommer de la drogue.
Quatorze ans plus tard, son corps est découvert par la police au domicile de ses parents, qu’il n’aura jamais quitté. Il est mort des suites d’une overdose, après avoir pris l’équivalent en drogue de la pension de son père.
En huit ans, il ne parle qu’une fois de sa mère : il se plaint de l’avoir sur le dos, qu’elle crie, dès que quelque chose ne va pas.
Le seul trait caractérisant la mère est un trait de jouissance - le cri -, une jouissance de l’Autre dont il n’est pas séparé et dont il est l’objet.
De son père, il est le préféré. Pour preuve, selon lui : il a procuration sur le compte en banque de son père. Cependant, ils ne se parlent pas beaucoup.
Son père n’est jamais venu rendre visite à son fils en prison. Depuis qu’il sait qu’il consomme de la drogue - « il a du le voir pour le croire » -, son père pleure et s’en fait pour la vie de son fils, plus que celui-ci. Il ferait tout pour qu’il s’en sorte.
Par ailleurs, il évoque que, quand deux personnes s’embrassent à la télévision, son père doit changer de chaîne. Dans le même fil, rien de ce qui concerne le rapport entre les parents - sont-ils séparés ? - n’est dit non plus.
La drogue : première fonction
Cet homme fume du haschich depuis ses dix-huit ans.
Toutefois, ce n’est qu’à vingt-cinq ans qu’il commence à prendre de la drogue. D’abord, de la cocaïne ; ensuite, en plus, de l’héroïne ; enfin, toujours en plus, de la méthadone. Quelques temps avant de mourir, il s’injecte de trois à six grammes de cocaïne par jour.
Plusieurs rencontres, plusieurs sillages, expliquent, selon lui, le début de sa consommation.
A un moment, il a des copains belges. Contrairement à eux, il est refoulé - laissé en plan - à l’entrée des boîtes de nuit, au vu de la couleur de sa peau. Il change de copains ; ceux-ci consomment de la cocaïne et il est entraîné.
Plus tard, il consomme de l’héroïne avec son frère « toxicomane », malade puis mort du Sida.
Cependant, la raison de sa consommation est ailleurs. Il consomme de la cocaïne parce qu’il s’ennuie. C’est ce qu’il n’arrête pas de dire.
Ce qui apparaît à première vue d’une grande banalité, comme une parole vide, prend une valeur dans une logique, si l’ennui est éclairé, s’il est articulé dans le champ lacanien de la psychose.
C’est ce que permet une proposition de Jacques Lacan. La double Verwerfung - la forclusion du Nom-du-Père et la forclusion de la signification phallique - cause un dommage considérable, « […] un désordre provoqué au joint le plus intime du sentiment de la vie chez un sujet […] »4.
L’ennui est ici une conséquence de la forclusion du Nom-du-Père (P°) et de la forclusion de la signification phallique (?°), qui ne permettent pas l’introduction du sujet au manque et au désir : « je n’ai jamais manqué de rien ». La double Verwerfung cause un dommage au niveau du « sentiment de vie », précisément au niveau du « joint » entre celui-ci et l’ordre symbolique. Le « désordre », c’est que le « sentiment de vie » n’est pas marqué par le manque. L’ennui n’est pas ici à corréler au désir, au désir d’autre chose, au désir qui tourne en rond, mais bien au vide d’une vie où le désir est absent.
La drogue comble l’ennui, en procurant « la sensation d’autre chose ».
Bientôt, elle s’impose comme la substance nécessaire pour le mettre en mouvement : « quand je ne prends pas, je ne sais pas bouger ».
Sa femme
A vingt-cinq ans, ses parents le marient avec une jeune fille de quinze ans. Le choix de ses parents s’avère d’emblée être le bon : il voulait une femme sérieuse et vierge ; c’est une femme magnifique, qui n’a jamais connu d’homme avant lui. Ils tombent amoureux l’un de l’autre. Comme Nora pour Joyce, c’est la seule femme qu’il rencontre5.
Contrairement à Joyce et Nora, qui s’exilent loin de la famille et des amis de Joyce, cet homme et sa femme s’installent dans la maison familiale, que ses parents, ou du moins sa mère, vont progressivement quitter.
Sa femme - c’est une hypothèse -, c’est-à-dire la présence de sa femme et le rapport à sa femme, lui permettent de pallier les conséquences du départ de sa mère, d’une séparation géographique.
En d’autres termes, son mariage endigue le laisser tomber du sujet par l’Autre - à entendre dans le sens du laisser tomber (liegen lassen) de Schreber par Dieu, développé par Jacques Lacan6.
Dès le départ, cette femme prend véritablement son mari en charge. C’est elle qui travaille et qui assure la majorité des frais du ménage. Elle rembourse les dettes de son mari et, à partir d’un moment, paye également sa drogue.
« C’est une chouette femme », dit-il. Elle supporte tout : sa consommation, son incarcération, son indifférence et, enfin, ses ordres de même que les humiliations qu’il lui fait subir - « ma femme est toute à mon service ».
Son assurance, exempte de toute division, repose sur la certitude que sa femme l’aime, qu’il est l’objet de l’amour de celle-ci - il est exceptionnel, statut déjà présent dans le rapport à son père.
C’est ce qui se déduit de son admiration pour sa femme : « elle ferait tout pour moi. Aucune autre femme n’aurait pu m’accepter comme elle l’a fait ».
Sa position d’objet d’amour, qui fonde sa tyrannie, ne recouvre pas entièrement son statut d’objet de la jouissance de l’Autre.
En témoigne la manière dont il est ballotté par sa femme, qui lui demande d’entrer à Enaden pour qu’il se soigne, ce qu’il fait, et qui lui demande subitement d’en sortir parce qu’elle ne veut pas rester seule, ce qu’il fait.
En témoigne surtout ce que produit la menace de sa femme de le quitter - ce qu’elle finit par faire, au contraire de Nora qui ne s’est jamais séparée de Joyce. Si sa femme le quittait, si sa famille le laissait tomber, il continuerait à consommer de la drogue, il irait d’hôpital en prison et de prison en hôpital, il n’aurait plus de raison de vivre, il se suiciderait.
En même temps, c’est à sa femme que cet homme parle. A ce titre, elle serait en position d’Idéal du moi.
Enfin, si elle veut un enfant, lui n’en veut pas : « je mettrais mon argent dans la came et je ne peux pas être un père comme ça ». De ce point de vue, ses propos et sa position sont proches de ceux de Joyce : « Non, non, Nora, ma fille, j’ai peu d’appétit pour ce jeu-là. Et donc, tant qu’il y aura des bars à Trieste, je crois qu’il vaut mieux pour ton mari qu’il passe ses nuits dehors, mou comme un vieux chiffon. »7.
La drogue : fonction dans le couple et ravage
Si elle est une solution - un pis-aller - à l’ennui, la drogue a une fonction à l’intérieur de la relation entre cet homme et sa femme.
« La came, c’est une maîtresse avant les femmes. Je pense à la came avant de penser à ma femme. Il n’y a pas de choix à faire entre femme et came. Ma femme est tout pour moi et je ne serais rien sans elle », dit-il.
Si la drogue « […] est ce qui permet de rompre le mariage avec le petit-pipi »8, il reste néanmoins à préciser la nature des problèmes dans ce cas.
Le seul problème dont il parle à propos de sa femme est que celle-ci pleure tous les jours depuis qu’elle est en Belgique.
Cela ne provoque aucune question chez lui ; à peine une vague intention : il voudrait la rendre heureuse.
La drogue lui permet de rompre avec une question qui n’est pas posée par le sujet : « la toxicomanie est (ici) moins une solution au problème sexuel que la fuite devant le fait de poser ce problème »9. En d’autres termes, « la drogue vient à la place du sexe »10 … en impasse : le sujet ne crée rien qui fasse rapport sexuel.
L’autre problème duquel la drogue le met à l’abri est en deçà du précédent : c’est la question de l’existence du sujet pour l’Autre.
Il est l’objet de la jouissance de l’Autre, dont les va-et-vient ne sont pas réglés par la métaphore paternelle. Quand l’Autre est présent, il l’a sur le dos ; il est l’objet d’un cri ou d’une volonté de l’Autre. Quand l’Autre est absent, il est l’objet d’un laisser « en panne ou en plan »11 de l’Autre.
Il est entièrement suspendu au « privilège de l’Autre »12, ici à son caprice.
C’est de l’angoisse que cette position suscite, que la drogue le met à l’abri.
Dans le laisser tomber du sujet par l’Autre, quand sa femme menace de le quitter ou quand elle part, la drogue l’entraîne, le précipite dans sa chute. C’est à ce moment-là, en proie à un « déchirement subjectif »13, qu’il vient à Enaden ou qu’il se laisse tomber (Niederkommen)14.
C’est l’intérêt de ce cas : il permet de mettre en lumière de situer logiquement la fonction de la drogue, telle qu’elle est définie par Jacques Lacan - « […] il n’y a aucune autre définition de la drogue que celle-ci […] »15 - et reprise par Jacques-Alain Miller15, dans une structure du sujet où le complexe de castration n’opère pas.
Jean-Marc Josson
Notes
1. L’expression est de J.-A. MILLER.Introducción:
El presente trabajo pretende establecer un contrapunto que parte de la polarización entre el síntoma y el estrago, planteado por Mauricio Tarrab en la red electrónica como eje de discusión. En ese contrapunto vamos a conversar dialécticamente en esta última mesa de la jornada, con Andrés Borderías y con los asistentes, planteando ejes de discusión y de investigación para el TyA. Para esto partiré de la polaridad planteada por J.-A. Miller en donde tenemos de un lado el efecto de localización del síntoma que implica la mujer como partenaire del hombre y por el otro lado la infinitud del estrago que podría ser un hombre como partenaire de la mujer . En mi caso me centraré fundamentalmente en la relación entre el uso del tóxico, el síntoma y el partenaire femenino. La propuesta intenta ubicar y contextualizar, sin ser exhaustiva y siguiendo el título de la jornada, diferentes usos de la droga en relación con la condición sexuada del parletre poniendo de relieve y diferenciando una clínica de la ruptura con la clínica del síntoma (última enseñanza de J. Lacan).
1) Antecedentes freudianos; el tóxico como muleta:
La relación entre tóxico, partenaire y síntoma tiene un antecedente muy fuerte en la obra de S. Freud. En primer lugar Freud no duda en comparar la relación amorosa con la relación que el alcohólico tiene con el alcohol. Se trata del matrimonio del alcohólico y las características del lazo de dicho sujeto con tan peculiar objeto comparado con el matrimonio del amante con su partenaire (todos conocemos esas precisiones freudianas) . Pero también Freud ubica al tóxico como una “muleta” contra el malestar en la cultura. Es en dicho texto que el tóxico aparece compartiendo su lugar con una serie de diferentes alternativas para enfrentarse con el malestar en la cultura. Así el tóxico, como el amor, el delirio, la neurosis, la religión, etc., tienen la característica de ser diferentes modos alternativos que el sujeto tiene a mano para suplir la falta. El término muleta tiene todo su interés para nosotros, ya que se trata de aquello que suple una ausencia y permite al sujeto caminar. Por otro lado Freud tampoco duda en presentar la paradoja que implica cada una de estas respuestas subjetivas. Es decir, que cada una de ellas puede tener el valor de lo que compensa, pero a su vez tiene la posibilidad de enfrentarnos a un “peligro” o “riesgo” . Quiero señalar con esto la cara sintomática en tanto es lo que permite localizar algo (en el caso presentado por Elvira Guilaña se muestra el trabajo de localizar lo “deslocalizado” o en el caso presentado por S. Salvarezza la dificultad para una localización), pero a la vez lo que se pone en cruz en el camino, el palo en la rueda. De alguna forma esto mismo fue denominado por el sujeto presentado por Nadine Page como efecto”Boomerang”. Paradoja que se muestra claramente cuando Jean-Marc Josson, en el caso que nos propone, indica que la droga tiene una función de remedio contra el aburrimiento, si bien a la vez tiene su costado estragante cuando aparece en el horizonte la separación posible de su mujer. Este aspecto paradójico también aparece señalado en el caso presentado por Jean-Louis Aucremannne, aunque en este caso habiendo encontrado una salida. Se muestra allí cómo ha podido encontrar un modo de encapsular el riesgo en la actividad de escalar.
2) La ruptura (estragante) con el falo:
Para avanzar un paso mas voy a retomar la propuesta de J.-A. Miller en tanto la especificidad del goce del toxicómano permite no plantear el problema sexual y presentarles una primera viñeta clínica para diferenciar en este campo el consumidor célibe del toxicómano. La viñeta muestra un sujeto que consumía drogas para mantenerse en una posición de “estancado”; esta posición se refería a una forma compulsiva masturbatoria sin poder acceder al Otro sexo. El significante estancado lo remitía a una escena de la infancia en donde se encontraba en un tanque de agua vacío masturbándose. Estancado o estar en el tanque y no poder salir de ahí. Agregaba, a su vez, que en dicha situación se había enganchado el pene con el cierre. Y finalmente él mismo decía estar “enganchado al pito”. Pues bien, se trata de un sujeto enganchado al falo - casado con el falo - y estancado en ese casamiento. En ese caso se trata pues de un goce fálico, pero en donde no se pone en función el falo para entrar en el mercado de intercambios con el Otro sexo. Sufre en su enganche con el falo sin poder hacer del Otro sexo un partenaire sintomático y singular. Como dice J. Lacan se encuentra “aphligido” . Digo que sufre ya que en determinado momento se le transforma en insoportable y necesita salir compulsivamente al exterior. Intento diferenciar en este punto el célibe enganchado a su órgano – en donde la droga como muleta le permite caminar el camino del celibato - de aquel en el que hay ruptura con el falo mostrando la distinción que hay que hacer en tanto se trata de goces diferentes. En el toxicómano propiamente dicho encontramos una deslocalización del goce con un efecto estragante. De este modo lo plantea Mauricio Tarrab al decir: “que para el toxicómano la droga no es un síntoma, sino un estrago” . En cambio en el célibe que les presento tenemos un estar enlazado a su órgano, salvo en el momento que dicho lazo se rompe para salir de su tanque. Esas salidas muestran la infinitud del estrago en tanto lo llevan sistemáticamente al pasaje al acto.
3) De las formaciones de ruptura al partenaire sintomático:
La segunda viñeta se trata de un sujeto que a partir de un momento mantiene un consumo acotado. Agrega que en el momento del consumo sostiene una práctica de trasvestirse en mujer. Justifica, a su vez, que su droga preferida - la cocaína - le produce un efecto de retraimiento del pene hasta el punto de casi hacerlo desaparecer. Todo el asunto para este hombre era qué hacer en ese momento con esa "cosa" que estaba ahí. La cocaína - y una práctica masturbatoria- le permitía reducir ese órgano para el cual no tenía el elemento simbólico que lo transforme en un instrumento de goce y resolver la invasión de goce que lo empuja - en el travestirse - hacia la mujer. A su vez, el rechazo al consumo de su partenaire sexual cumplía la función de acotar o reducirle el mismo, ya que en otra época la droga lo llevaba a una “gira” sin límites, o con el límite real de una intoxicación, de caer preso o algún choque automovilístico. Por lo cual esta práctica quedaba reducida a momentos de una intimidad solitaria con la posibilidad de ser descubierto. Se ve aquí el estatuto de resolución sintomática que tiene el partenaire como vida oficial y una práctica clandestina de consumo a su lado. Se trata de un partenaire que junto al consumo permite localizar sintomáticamente y singularmente el goce. Un goce que con estas condiciones – manteniendo a un costado lo íntimo - puede pasar al campo del Otro y enlazarse con un partenaire. No hay que dejar de señalar que una vez establecidas las cosas con este orden el problema de cómo enfrentarse sexualmente a su partenaire se transforma en lo que se pone en cruz. Era un sujeto que podía prescindir de la "práctica efectiva del sexo” o mantenerlo muy de vez en cuando.
Eric Laurent nos hace ver que en ciertos casos de psicosis el uso de la droga sirve claramente para limitar un goce. Se trata de ver que en la psicosis y en ciertas neurosis, sea por la vía de inventarse una identificación - ser toxicómano -, o un delirio parcial - sentirse perseguido por su consumo -, o una práctica bien delimitada - como la que relataba recién - el uso de la droga no cumple con su función de ruptura.
Conclusión:
Hemos ubicado en este trabajo – como en cada una de las presentaciones – diferentes usos de la droga y esto es lo que hace – entre otras cosas - de la clínica con estos sujetos una práctica que no deja de sorprendernos a cada paso. En este recorrido yo he intentado diferenciar principalmente el uso de la droga para mantenerse casado con el órgano, del que sirve para romper con el falo (lo propiamente toxicómano y estragante). Podría agregarse que es también muy común utilizar la droga para envalentonarse y enfrentarse al Otro sexo –el llamado uso del rendimiento -. Pero todos estos modos quedaban dentro del campo de la neurosis y como posibles “formaciones de ruptura” . Finalmente y ya tomando la última enseñanza de J. Lacan y con la propuesta de Eric Laurent se ve que hay un uso resolutorio que no sigue la lógica de la ruptura. En este punto se resalta el lugar del partenaire sexual como localizador sintomático del goce. Aunque hay que hacer la salvedad que tanto para el célibe como para el sujeto que se travestía la droga en tanto tal no ocupa el lugar del partenaire, sino más bien es lo que acompaña. En el primer caso tenemos la muleta – como decía Freud- que permite sostener el casamiento con el falo. En el segundo es el hilván que permite mantenerse enlazado con un partenaire sintomático que lo localiza. Esta relación doble del sujeto con el partenaire y la droga es algo que encontramos en muchos de los casos presentados en esta jornada. Ya me referí anteriormente a los casos presentados por J.L. Aucremanne y Jean-Marc Josson, pero también aparece en el caso presentado por S. Da Matto. Se ve por otro lado que estas resoluciones – para sujetos hombres -, difiere de algunas presentadas en sujetos femeninos. He aquí, que tanto en el caso presentado por Silvia Botto como el presentado por Juan Ramón Lairisa tenemos una salida por el amor; sea en su versión erotómana o del amor neurótico. Se ve así mismo en el caso presentado por M. Mazzuca, que cuando el amor no permite poner un acotamiento en el lazo con el partenaire masculino aparece el estrago. Cuestión esta última en la que no me voy a detener ya que quería limitarme a la resolución sintomática.
Para concluir voy a resaltar el surgimiento en nuestro mundo del goce uno. Lo cual lleva a una "Toxicomanía generalizada" (señalado por Miller y bastante trabajado por Ernesto Sinatra ), en tanto nos transformamos todos en consumidores. Quiero decir que más allá de los diferentes usos de la droga nos dirigimos claramente hacia un uso único y globalizado de la misma. En este punto quiero destacar la diferencia de la droga cuando es propuesto por el mercado para todos por igual – lo cual hace en muchas ocasiones que el sujeto, sea hombre o mujer, quede enlazado en una relación estragante - de la droga cuando sirve de enganche sintomático y singular como resolución subjetiva.
Fabián Abraham Naparstek
La jornada de hoy fue convocada con un título extenso. En este título confluyen dos tesis, quizás las principales referencias que enmarcan nuestra práctica clínica.
La primera es la conocida “tesis de ruptura”, ruptura del matrimonio con el falo que tomamos del texto de Lacan de 1975. Como ustedes saben esta fórmula ha precipitado posteriormente un conjunto de comentarios sobre la naturaleza y las modalidades de dicha ruptura. La primera, hecha por Lacan alude a las dificultades de Juanito con su pene. En su órbita podríamos poner las dificultades del paciente de S.Mattos y su inhibición ante el cuerpo desnudo de una mujer, su falta de erección, y el recurso al alcohol como “modo de aliviarse de su necesidad de satisfacer en todo a una mujer”.
Ruptura que J.A.Miller precisó como “elusión de la cuestión sexual” y que E.Laurent declinó en diversos usos forclusivos en la neurosis y la psicosis. Así la droga puede producir un efecto real, de pasaje fuera del sentido, de forzamiento de la barrera impuesta por el goce fálico, como en el caso “del hombre de la bicicleta” de N. Page, en el que la ingesta de drogas significada como “venganza” deviene una forma de automatismo como respuesta ante un Otro invasivo. Es un problema clínico de primer orden ubicar con precisión el uso concreto que el sujeto hace de la droga para eludir la cuestión sexual, determinar la modalidad de ruptura. Esta ruptura puede ser de muy diversa índole: estructural, previa al uso de la droga, si se trata de una psicosis que se desestabiliza por el consumo, caso de las llamadas “psicosis tóxicas” por la psiquiatría- O puede ser una ruptura en el marco de la neurosis, buscada por el sujeto para eludir el encuentro con el deseo del Otro, incluso cortocircuitando su relación al fantasma.
Hoy vimos todo un abanico de diagnósticos: dos casos de neurosis femenina –los casos de M.Mazzuca y J.R.Lairissa- uno masculina –el de S.Mattos- una psicosis en una mujer –el de S.Botto- y cinco casos de psicosis en hombres –casos de E.Guilañá, J.L.Aucremanne, N.Page, D.Coppola y J.M.Josson
La segunda es la “tesis de resolución”. La formulamos a partir de su escrito “Acerca de la causalidad psíquica” de 1946, en el que Lacan afirma “Una cierta dosis de Edipo puede considerarse como teniendo la eficacia humoral de la absorción de un medicamento desensibilizador” y abre la perspectiva de la droga como suplencia de una función paterna desfalleciente.
Frente al encuentro con lo real un sujeto puede recurrir a la droga y en dicho uso podremos reconocer los bordes simbólico, imaginario y real implicados en la tentativa de solución buscada por el sujeto: Nominación en lo real, efectos de significación fálica, de identificación imaginaria –como “Yan” el paciente de Aucremanne que bebe para ser un hombre, de plus de libido –como el paciente de Josson que toma cocaína “porque se aburre” como muchos psicóticos que encuentran allí una opción al tedio propio de Fi0-, como anestésico e tutti cuanti. Como recordaba Fabián, esta fórmula está ya anticipada por Freud al hablar de la droga como “muleta” o “lenitivo”, lo que recuerda M.Tarrab al considerar la droga como defensa ante lo real. Resoluciones que, a falta de alcanzar el estatuto de sintomáticas, se mantienen de la precariedad imaginaria, o lindan con el paso al acto, extremo paradójico de solución ante lo peor, como “la superdosis” del caso presentado por E.Guilañá, o el recurso a los fármacos en el caso presentado por S.Botto.
Al poner ambas tesis bajo el tema general de la "clínica de la sexuación", nos hemos visto llevados a interrogar la declinación de las mismas según el marco conceptual de la segunda época de la enseñanza de Lacan, para interrogar las dificultades del sujeto con su elección de identificación sexuada, sus prácticas de goce sexual, su elección de objeto y el uso que hace el sujeto de la droga para “eludir” o para “resolver” dicha problemática
Si aceptamos en sentido amplio que el síntoma es una forma de solución ante lo real y que el estrago es más bien un efecto del encuentro con el mismo, podemos admitir entonces que se ordenan según la lógica de la sexuación
Modalidades del estrago.
Doy ahora un pequeño salto. "Ravage" significa tanto "devastación", como "deslumbramiento", "rapto". Es un término que pierde su especificidad por su peso semántico. De modo general, podemos situar el estrago en la órbita de la tesis de ruptura. Aunque, al igual que el paso al acto, pueda suponer una suerte de última solución para un sujeto, pues como recuerda J.A.Miller en El hueso del análisis la devastación también es un límite. "Más allá de los límites, está el límite" afirma Lacan.
En Freud podemos encontrar la cuestión del estrago en el carácter fantasmático de la ligazón de la niña a la madre, sostén de un goce sexual y amoroso. Freud muestra la persistencia del vínculo con la madre y su carácter superyoico tras el sustituto paterno, articulación que encontramos en el caso de Mazzuca: “Eugenia” queda “enganchada” a sus parteneire-estrago por un rasgo de goce y emergen poco a poco las huellas del estrago materno con el surgimiento de sus síntomas: la problemática de su sexuación, y la voz de la madre.
El estrago es introducido por Lacan para dar cuenta del efecto del deseo materno sobre el infans: “El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, que pueda resultarles indiferente. Siempre produce estragos. Es estar dentro de la boca del cocodrilo, eso es la madre...hay un palo...se llama el falo”. Y en L´Etourdit “La elucubración freudiana del complejo de edipo..contrasta dolorosamente con el estrago que en la mujer, en la mayoría, es la relación con la madre de la cual parece esperar en tanto mujer más subsitencia que del padre, lo que no pega con su ser segundo en este estrago”. Como recuerda F.Dassen “para algunas mujeres, el único modo de manifestar su inconsciente ante el encuentro con lo infranqueable de la relación con un hombre, es con el recurso a la madre”. Cuando la dirección al significante paterno vacila, arrastrando las identificaciones y la dimensión de la espera que instala la solución edípica, se produce el retorno a la madre. El caso de Lairissa lo muestra con claridad, tras la caída del consumo y con la aparición de los celos emerge una dimensión intocada del fantasma, el vínculo de la paciente con la madre y su dificultad con la femineidad.
Posteriormente Lacan desplaza el acento en la cuestión del estrago a la sexualidad femenina. En Televisión afirma “todas las mujeres son locas...hasta el punto que no hay límites a las concesiones que cada una hace para un hombre: de su cuerpo, de su alma, de sus bienes” y en el seminario sobre Joyce “Se puede decir que un hombre es para una mujer..una aflicción peor que un síntoma; pueden articularlo como les convenga, incluso un estrago”.
J.A.Miller en su seminario sobre “El parteneire-symptome” le ha dado estatuto estructural en la posición femenina al afirmar que “en función de la estructura del No-Todo, la pareja-síntoma de la mujer se torna la pareja-estrago. El estrago es la otra cara del amor, es el retorno de la demanda de amor, esto quiere decir que es como el síntoma, excepto que tiene un índice infinito”.
Hay entonces un desplazamiento: del estrago como efecto de la inmediatez con el deseo materno, al estrago como efecto estructural para un sujeto por su relación con el Otro en su dimensión real. La diferente articulación del parteneire-symptome masculino, fetichista, y del parteneire-estrago femenino, erotómano, marcan la asimetría en las modalidades de irrupción del estrago.
En la lógica masculina, el estrago se plantea como efecto de la puesta fuera de juego del objeto fetichizado en el fantasma. El fantasma en su modalidad fetichista hace de suplencia ante el Otro en su dimensión real, de tal modo que el estrago surge como consecuencia de la desfetichización del cuerpo femenino. P.Monribot afirma “El cuerpo femenino liberado del corsé del fetiche hace resonar el estatuto del Otro. Lo que hace del sexo femenino un punto fuera-de-lenguaje que la solución fetichista no puede enmascarar. Una mujer es una figura del Otro en el que el goce resulta enigmático, al no ser localizable en el todo fálico. Este abismamiento sobre el no-todo ligado al sexo corporal de una mujer suscita el odio o el estrago, pues en cualquier caso implica el encuentro con el real ilimitado del goce femenino”. Es el caso del paciente de S.Mattos, cuyas dificultades ante el cuerpo sexuado de una mujer oscilan entre el síntoma y el estrago. Mucho más grave en el caso de “A”, relatado por E.Guilañá, caso de estrago psicótico“en relación simbiótica con la madre” y que a falta de sostenerse en la identificación imaginaria al “hombre-trueno” que le conduce al consumo de heroína, se ve arrasado por el dolor de existir y el recurso a la “superdosis” como límite frente al goce del Otro.
Del lado femenino, tenemos un estrago estructural en la sexuación femenina por la forclusión del significante de La Mujer. Ello implica la necesidad de suplencias, cada una responsable de una posición femenina diferente. Se trata de diversos modos de bordear el agujero abierto en lo simbólico a nivel de la sexuación. M.H.Brousse acentua la oposición entre las suplencias en la vertiente del amor, de las que resaltan la del deseo. Estas últimas se apoyan en el vector que Lacan escribe en Aún del lado masculino, el fantasma. La solución más clásica para responder a la pregunta ¿qué es la mujer? es la madre. La mascarada es otra modalidad posible para una mujer en esta vía.
En el caso de Mazzuca encontramos una serie repetida de fracasos en las suplencias: con repecto a la maternidad y el parteneire-estrago, que abren la dimensión del estrago mismo, con el consumo cada vez más letal “por la ansiedad y el vacío causado por sus frustraciones” y que hace resonar la ansiedad y desesperación de su madre, las dificultades de la misma con su posición femenina.
Del lado del amor, se perfilan dos posiciones, la del amante y la de la amada: la homosexual, como amante busca dar consistencia al Otro sexo, amando a una mujer allí donde falta el significante de La Mujer.
Mientras que cuando ocupa la posición de amada, nos encontramos con la erotomanía encarnada en el sin límites de las concesiones, así como en el carácter infinito de su demanda dirigida al parteneire.
Conclusión.
Nos internamos cada vez con más decisión en las perspectivas abiertas en la clínica a partir de la segunda enseñanza de J.Lacan.
Los casos hoy presentados nos muestran que nuestra clínica nos permite precisar cada vez mejor el uso que los sujetos hacen de las drogas, sus distintos valores libidinales, la importancia de la determinación estructural en la que se ubica el sujeto.
Como hemos visto hoy el sesgo introducido por la interrogación de los casos a partir del estrago nos permite delimitar mejor la modalidad de ruptura producida en el casamiento con el falo, según los impasses con respecto a la posición sexuada del parletre masculino y femenino, neurótico o psicótico y el uso diverso que puede hacer el sujeto de la droga.
El uso de la droga puede tener efectos estragantes, pero también el sujeto puede recurrir a la droga para tratar de paliar la apertura de la dimensión del estrago, incluso ambas posibilidades pueden darse en un mismo caso. Esta es la cuestión que cada vez habremos de determinar en el despliegue de su lógica.
Andrés Borderías
La certeza de haber encontrado a “El hombre”, nos hace reflexionar sobre la particularidad de la estructura de una mujer que se presenta para ser atendida por su adicción a la cocaína. Este recurso al tóxico parece ubicarse como un intento de estabilización, en el punto de un posible desencadenamiento que implicaría no solo el encuentro con el ejercicio de la sexualidad sino también con las exigencias de la vida cotidiana.
La referencia de Lacan en Television “una mujer no encuentra El hombre mas que en la psicosis”, es la cita que nos indujo a pensar en la particularidad de su estructura.
El caso
Una mujer de 34 años se presenta para ser internada en una institución que se ocupa del tratamiento de las toxicomanías, por su adicción a la cocaína. Este consumo iniciado durante su permanencia en el exterior ha desencadenado una crisis familiar ya que es acompañado de robos, mentiras y engaños que involucran a parientes y allegados y comienzan a su regreso al país en un estado de extremo deterioro físico y gran delgadez, dos años antes de la internación. Ese es el comienzo de una serie de consultas psiquiátricas y un aumento de peso que llega a un exceso de casi 40 kilos en el momento de la internación.
Se presenta como actriz y escritora, manifestando una sensación de vacío y profunda angustia, solo quiere dormir y lo hace la mayor parte del tiempo. Su apariencia dice no preocuparla, lo cual contradice su imagen cuidada, algo bizarra por lo naif. Dice no reconocerse en su actual cuerpo al punto de sorprenderse cuando se refieren a ella como gordita. Mas adelante mostrará algunas fotos de ella con una imagen muy diferente, rubia, delgada y seductoramente vestida.
En su historia figuran varios tratamientos psiquiátricos alrededor de sus 20 años, por una depresión sobre la cual prácticamente no habla, y que va acompañada de un gran consumo de ansiolíticos y antidepresivos.
Durante las entrevistas que ella solicita, se queja amargamente de su hermano mayor, refiere que durante la adolescencia eran muy compañeros, que él se apoyó mucho en ella cuando murió el padre. Con el reían juntos, hacían bromas, se entendían con una mirada, tiempos felices de unión perfecta. Ahora él no la visita, le ha dicho cosas terribles, la insulta, no la soporta gorda. De su hermana dice que nunca se ha jugado por nada, sobre todo no se ha jugado al amor, permanece soltera viviendo con la madre. Ella en cambio se ha jugado toda, ¿se puede amar tanto hasta llegar a hacer cosas de las que ni se atreve a hablar?
Su padre era psiquiatra, murió cuando ella tenía 16 años. Pocos meses antes de morir se reveló que llevaba una doble vida, tenía una relación con una paciente psicótica, eso conmocionó a toda la familia. Ella se puso del lado de la madre. “traté de definir las cosas porque así no podíamos vivir”.
Sin embargo los recuerdos que trae del padre son también como los del hermano, de una unión y entendimiento perfecto, el padre la llevaba de viaje por el mundo en lugar de llevar a la madre que prefería quedarse. Esos recuerdos son de felicidad plena. No así los escolares en los cuales se sentía permanentemente aislada por sus compañeras, deja entrever que el motivo era la envidia que sentían hacia ella.
La escena
A los 12 años ve en la pantalla del televisor a un hombre, esa imagen la conmueve a tal punto que se tiene que ir de la habitación. A partir de ese momento su vida empieza a girar alrededor de ese hombre, nunca mas dejó de pensar en él. El es extranjero, actor, cada tanto viajaba a la ciudad que ella habita, ella siempre se enteraba cuando lo hacía. A los 18 años ella le escribe una carta, por la cual él la llama ya que nunca ha recibido nunca una carta así. A partir de ese momento comienzan a verse. Manifiesta haber vivido en ese tiempo una relación de total felicidad, de entendimiento absoluto. “Cuando yo lo abrazaba, era como una certeza de abrazar lo que uno sabe que es de uno. Dame un poco de lo que te llevaste, las ganas de estar acá en esta vida con lo que justificaba la existencia, la lucha, el trascender por algo”. “De la felicidad como se vuelve, jamás he vuelto a sentirme así”.
A los 27 años ella viaja al país donde S vive, el motivo de ese viaje es en apariencia por trabajo que él le ofrece, no queda muy clara su precipitación por marcharse, estaba bajo tratamiento psiquiátrico. Sin embargo en ese momento nada la detiene, pidió plata prestada, y se fue. El no está cuando llega ya que se encontraba trabajando en otro país cosa que ella no desconocía. Solo se enterará de la presencia de ella muchos meses después de su llegada al cruzarla casualmente en un corredor del sitio donde trabajaban ambos. Ella supo por su mirada y su pocas palabras que lo había decepcionado, que él esperaba otra cosa de ella. “cuando lo volví a ver después de no sé cuantos años, para mí todo estaba como si hubieran pasado días, me vio, me saludó y siguió de largo, nos vemos, dijo y ahí me quedé, ahí empezó”. “Yo lo defraudé porque él no me veía en ese ambiente y tenía razón” “”El sabía, me dijo que me dedicara a escribir pero no quería verme como a las demás chicas, me sobrevaloraba. Me daba un lugar privilegiado entre las mujeres. Vos que hacés acá, dijo”
De su vida en el exterior relata haber pasado hambre, y haber accedido a hacer de acompañante para hombres que la solicitaban, ejerciendo incluso la prostitución, es en esa época cuando empieza el consumo de cocaína, a instancias de una amiga y para encarar el encuentro con hombres.
El eje de su discurso no es por cierto el consumo sino el hombre que cambió su vida, que la sacó de la mediocridad, ese hombre que no casualmente dice ella, se llama Salvador, es el centro de su existencia Por él tuvo ambiciones, empezó a escribir, a actuar, por él también se fue del país, empezó a consumir y llegó a ejercer la prostitución. Su decir alude a haber mantenido una relación de pareja y convivencia con él, posteriormente se irá develando que su contacto fue esporádico.
En el momento en que habla de lo que significa para ella ese hombre dice “estoy muy loca no?”. No ha escrito mas, porque todo lo que ella ha compuesto y escrito ha sido inspirada por S, sin él no tiene nada que decir. Está vacía. Suplica que no se le reduzca la medicación porque no soporta el dolor, el vacío, ella sabe que no está bien pero la necesita, no puede llorar y la ofende la alegría ajena.
Respuestas
En que coyuntura se ubica para esta mujer la solución tóxica?
La primera cuestión para pensar es el estatuto que tiene para ella la escena que se conforma a los 12 años ya que sella de alguna forma su destino.
Un hombre irrumpe en su vida desde el TV, a partir de ese momento nada será igual. Lacan nos dice en TV que una mujer solo encuentra a El hombre en la psicosis, ¿es posible ubicar este encuentro desde esa perspectiva?.
La existencia de El hombre para una mujer, alude a la idea de un Uno todo, de un Otro completo, y para Lacan este encuentro solo puede darse en la psicosis. Ya que incluso la mujer que no pone límite a las concesiones está en relación a un hombre y a sus fantasmas y entra en todo caso dentro de la dimensión del estrago.
En este caso no hay concesiones, ya que no hay demandas por parte de él, la relación se establece en un plano imaginario, lo que hay es un encuentro vivido como perfecto, en el cual ella luego de la conmoción sufrida en su cuerpo pensable como goce mas allá del falo, no todo, hace de ese hombre el arquetipo, aquél con el que la relación existe aunque no haya contacto alguno. Es por eso que no es sustituible no entra en serie con los novios todos devotos admiradores que tiene a lo largo de su vida. Sin embargo según su decir nunca estaba con estos hombres sino pensando en ese otro que presenta un carácter de unicidad, de excepción, sin mácula, sin defectos. A esto se le agrega el carácter excelso de la relación entre ambos, momento absolutamente idealizado que queda por fuera de otras relaciones de su vida, las cuales carecen de importancia a sus ojos.
Un dato más se agregará luego y es la ausencia de intercambio sexual entre ellos. Este dato es aportado transcurrido un tiempo de entrevistas y como respuesta a una pregunta sobre la satisfacción ya que se dolía de no haber experimentado nunca el clímax sexual. Siempre que estaba con un hombre pensaba en S y no podía disfrutar. Cuando la interrogo acerca de lo que había sentido con él, confiesa no haber tenido relaciones ya que cuando él se lo pidió, ella se negó y él respeto esa decisión, agrega que la primera vez que la beso, su comentario fue “que beso tan casto”. Hay entonces un escabullir el cuerpo de lo real del encuentro con el Otro sexo quedando el amor desligado totalmente del ejercicio de la sexualidad.
Esto se repite en algunas de sus parejas con las que mantiene una relación marcada por la idealización hacia su persona relaciones de las que huye aún en la actualidad cuando se aproxima el encuentro de los cuerpos.
El consumo de cocaína se instala en el momento de caída de ese lugar de ser la elegida de ese hombre, una mirada, unas pocas palabras, le evidencian que lo ha decepcionado y cae como puro desecho en un estado de extrema degradación. Carece de los recursos fálicos que le permitan organizarse en el mundo. Es el tiempo de la prostitución y del consumo que la lleva a una extrema decadencia física, pero también de la negación del problema ya que su megalomanía impide que reconozca sus carencias al medio familiar que podría socorrerla. Recorre entonces el camino de la denigración como puro objeto. Sin el artificio de la mascarada solo se sostiene en el consumo de una sustancia que le provee lo que el recurso simbólico le escamotea. Es en lo real de una sustancia, en el efecto inmediato que produce en su cuerpo donde encuentra el anestésico necesario para encarar la vida que ya no se le presenta con la magia del amor y el éxito sino con la brutalidad de las exigencias masculinas a quienes ofrenda un cuerpo en el que ella no está.
El recurso a la cocaína tiene como antecedente el consumo de anfetaminas y psicofármacos en su juventud que se instalan en el momento posterior a conocerlo y a su partida, momento en el que tiene que encarar su vida profesional y laboral,
Hay otros dos hombres que son el antecedente de S, el padre, alejado de su funcionamiento de función reguladora, el que la elige según su decir como compañera de viaje y de salidas, es un padre que se devela en su impostura al transgredir los valores de su ética profesional y familiar. Y el hermano con el que tiene una relación de complicidad absoluta hecha de guiños sin necesidad de palabras. En los tres casos la relación existe, es perfecta y total, entendimiento sin falla. La presencia de otra mujer tanto del padre como del hermano no se presenta en su dimensión de enigma de la femineidad, de Otra en la cual soportar una pregunta. Ella no se hace preguntas porque ya sabe, su ser de mujer está todo en S, su goce también, y su único problema es que ya no le queda nada por vivir porque al lado de esa felicidad todo es gris y pesado. Por otro lado era él quien le marcaba el camino de sus realizaciones, si él no está no puede sostener ningún deseo. El hecho de no haber tenido relaciones no la atormenta ni siquiera la interroga. Lo importante aquí es su certeza. Su femineidad no la interroga porque la ha inscripto en El hombre, ha encontrado un lugar de reconocimiento de su ser que entonces no se le presenta como falta, es por ella que no aparece en su discurso pregunta alguna ni división subjetiva sino certidumbre.
Esa certeza le da un poder de convicción sobre su entorno, la creen. Es por eso que ha conseguido que la empleada de su casa le lleve droga, es por eso que consigue dinero y crédito de conocidos y allegados, así como amor incondicional de algunos hombres y también mujeres que no puede sostener ya que su lazo con el Otro es frágil, no está sostenido en un discurso sino que oscila entre su lugar de puro resto y el de inscripción de su no-todo en un hombre total.
El momento de vacilación de esta inscripción no solo la arroja en la búsqueda del soporte tóxico sino que la endeblez de este recurso precipita otra cara de la psicosis en su dimensión persecutoria. Es así como inicialmente serán sus compañeras de internación primero definidas como únicas amigas y luego como aquellas que la quieren perjudicar metiéndole cosas en los bolsos, tóxicos que la comprometen. Luego será la familia, sus hermanos, idealizados al principio y luego crueles, faltos de comprensión, mezquinos. El delirio de víctima vuelve a presentarse tal como en su infancia.
La suspensión del tóxico trajo como consecuencia la caída en el agujero de una profunda melancolía. Sin su inscripción en El hombre, sin el recurso consistente de la sustancia, quedó librada a una vivencia casi de fin de mundo que la condujo a la internación. El entramado del delirio en su dimensión más paranoide surge en agujero mismo de las falta de significación y se sostiene con la ayuda del consumo.
Para concluir, este caso nos presenta las oscilaciones que repiten en el tratamiento la búsqueda de una estabilización posible, los desanudamientos y anudamientos que por distintos caminos intenta. De la erotomanía en lo que podríamos pensar como psicosis femenina, como intento de inscripción de su no todo, al recurso tóxico de las drogas legales e ilegales que en su fragilidad la deslizan al delirio paranoide. La pregunta por la sexuación no tiene lugar en esta sujeto, en el lugar de esa pregunta está la respuesta de un amor sin fisuras, la del tóxico como límite a la invasión de goce o el delirio que la ubica como víctima del Otro.
Silvia Botto
Tratar la cuestión del Otro y la del Goce, implica una gran complejidad, especialmente si se tiene en cuenta que está planteada la inexistencia del Otro, que estamos en una época en la que es claro que en la cultura misma se realiza lo que conocemos como la caída de los semblantes, y si se tiene en cuenta también que las toxicomanías poseen como rasgo central, lo que ha sido denominado de distintas maneras, y una de ellas es la de que se trata de un goce que no pasa por el Otro. Un goce sin Otro. Es una versión a nivel del hablanteser, de lo que sucede en la cultura de esta época. La cultura, dice Miller (1), es “un sistema de distribución del goce a partir de semblantes”, y entonces puede decirse que la caída de los semblantes deja sin Otro al “modo común de goce” que es la cultura. Lacan (2) establece esto de la distribución del goce, en relación al derecho, en Aún.
Dada entonces esta complejidad, he elegido plantear dos fórmulas que pueden confrontarse y que recortan la cuestión,
- primero, J-A Miller plantea que el hecho de que el sujeto realice tantos esfuerzos para hacer existir al Otro, eso mismo demuestra la inexistencia del Otro;
- segundo, fue claramente establecido por Freud, la pulsión siempre se satisface, incluso toda renuncia pulsional enmascara la satisfacción pulsional.
Son dos conceptos que siempre se encuentran en tensión, el sujeto en relación al goce, el sujeto en relación al Otro. Siempre hay goce, en cambio al Otro hay que hacerlo existir. Es condición del sujeto la existencia del Otro. Es propio de la pulsión su necesaria satisfacción.
La definición de toxicomanía como un goce sin Otro, articula los dos términos. También lo hace la expresión renuncia pulsional, ya que en la renuncia está implicado el Otro. Hace a la toxicomanía la posibilidad de encontrar alguna forma de renuncia.
En el mismo seminario, Miller compara el superyó que llama freudiano con el lacaniano. El primero produce una serie de cosas, lo prohibido, el deber, etc, que hacen existir al Otro, son semblantes del Otro. El segundo, produce un imperativo: Goza; notablemente, afirma luego: ese superyó, es el superyó de nuestra cultura. Hay entonces una identidad entre el superyó y el superyó de la cultura.
El superyó lacaniano “da cuenta de los elementos reunidos por Freud. Es la verdad del superyó freudiano”.
Hay dos cosas en el planteo: este hacer existir al Otro por un lado y por otro, que la inexistencia del Otro “fija al sujeto en la caza del plus de gozar”. Pero la pregunta de este escrito es acerca de las posibilidades de un sujeto tomado por el goce que aporta la droga, cuando es utilizada fuera de todo soporte simbólico; este goce que llamamos sin Otro, y qué hace con esto en su más íntima responsabilidad, de eso gozas, dice Lacan, y cuáles son sus posibilidades estructurales.
Traeré un caso que fue anteriormente presentado. Esta vez cuenta con inclusión de un nuevo enfoque y material que la otra vez quedó recortado.
Se trata de Roberto que ha corrido un serio riesgo de muerte por un accidente que produjo estando drogado con cocaína.
Se trata de un caso en el que haber pasado por la experiencia de riesgo de muerte a causa de la droga, funciona como un límite, provisorio al menos, a la pulsión de muerte, al goce toxicómano.
Llega al consultorio hace nueve meses en estado de confusión, con una serie de oscuros moretones en su rostro, con dificultades en sus movimientos y acompañado por su novia. Fue llevado al hospital una madrugada, luego de un grave accidente con su motocicleta. Había estado consumiendo cocaína y bebiendo en un bar desde la tarde anterior, con otros dos hombres. En determinado momento se levantó y salió. Como se sentía muy mal, muy angustiado, en lugar de irse a su casa se fue a la casa de un primo del que es muy amigo. Su relato habla de un hombre totalmente extraviado, solo poseía una lejana idea de lo que estaba haciendo. En el camino estrelló su motocicleta.
Cuando salió del hospital, la médica que aun lo sigue atendiendo le indicó que consultara a un psicólogo por su estado de confusión. A las pocas semanas de entrevistas afirma que quiere curar. Y la primera cuestión que se plantea es la de la abstinencia.
En su conferencia "Para una investigación sobre el goce autoerótico", una de las primeras preguntas que Jacques-Alain Miller (3) introduce es precisamente sobre esta cuestión. Dice: “¿Creemos poder efectuar esta operación de renuncia a la droga por la palabra, o bien el destete de la sustancia tóxica es la condición previa a la cura por la palabra?”.La respuesta que este paciente da a la pregunta de Miller coincide con la segunda opción: en su opinión, si hay droga, no hay otra cosa para él, solo las consecuencias que ya conoce. La cocaína es así su verdadero partenaire. No consume desde el accidente, y, como veremos, ha montado un riguroso modo de control para asegurar su abstinencia.
Ha sido acompañado por su novia a todas las entrevistas. Ella lo acompaña virtualmente a todos lados. Si él eventualmente se separa de ella por unas horas, lleva un celular con el que se comunican cada hora, y, si se demora más de la cuenta ella lo va a buscar y se lo lleva a casa.. Todos sus movimientos son así, rigurosamente vigilados por su novia, una mujer realmente despierta dispuesta a ocuparse de él.
El paciente mismo, y de manera ostensible requiere de ella este control. Le ha informado detalladamente de todas las manifestaciones observables que presenta el consumo, hasta detalles increíbles. También le ha dicho de su gran capacidad para fingir y para mentir, y de todas sus mañas y artimañas. Entre ambos está claro también de que en cualquier momento puede volver a consumir, y cuáles son los síntomas que presenta en los momentos que preceden al consumo. Afirma enfáticamente su intención de curarse, sin embargo a medida que avanza el tiempo y él se ubica más del lado de una cura, se instala una interrogación creciente acerca de si es posible su cura.
Conoce a su novia hace como dos años, y hoy, a poco de comenzar él a sentirse bien, ambos han decidido casarse. Recordando los años pasados, dice: “nunca fui novio” y refiriéndose al presente afirma “no sé ser novio”. Se ha encontrado con muchas mujeres en los bares, en la calle, en la noche, etc., pero nunca se ha encontrado en una relación estable con una mujer. Su único intento es el presente, y esta mujer que hoy lo acompaña nunca antes fue para él una novia; hasta el accidente mantuvo con ella una relación a veces muy cercana a la que tenía con las otras.
Cuando él tenía 7 años nace su hermana y rápidamente ella enferma de diabetes. El paciente dice que hasta ese momento él había sido el centro de toda la familia. Los abuelos y los tíos, era el primer hijo, se disputaban la posibilidad de llevarlo con ellos y rodearlo de halagos. Pero el nacimiento e inmediata enfermedad de su hermana marcan un momento a partir del cual sus padres se dedicaron por entero a ella, y, para el resto de la familia, esto era la preocupación fundamental. Puede quizá ubicarse aquí una situación traumática, que lo es como siempre, por una ausencia de saber, en este caso sobre lo que él significaba para el Otro, sin embargo el nacimiento de un hermano no deja de poseer la conocida connotación de naturaleza sexual.
Recuerda que también a esa edad, a los 7 u 8 años salía a andar en bicicleta por la cuadra de su casa. Los otros niños que jugaban con él se mantenían dentro de la cuadra que era el permiso que sus padres les daban, él, por su lado, si bien tampoco podía ir más allá de la próxima esquina, se iba hasta la otra cuadra, y hasta la otra, y la otra, etc. Cuando llegaba la hora en que sabía que todos entraban él volvía a su casa, e iba y se paraba frente a su padre para ver si éste se había dado cuenta. Nunca dio muestras de haberse dado cuenta. Si bien es notable este padre que no se da cuenta, que no reacciona ante lo que sucede con el hijo, lo determinante es que se trata de un sujeto que enfrenta al padre, que lo desafía. Se va unas cuadras más allá del límite y luego viene y se para frente a su padre dormido. Cierta vez, en aquella época de la bicicleta, se fue algunas cuadras más aún, hasta un lugar que estaba prohibido para todos los chicos porque había grandes montículos de tierra y era peligroso y se quedó allí hasta que comenzó a hacerse de noche. Su madre lo mandó al padre que saliera a buscarlo. Este lo encontró y le dio una paliza, la única vez que lo recuerda castigándolo, eso sí, por mandato de la madre.
También de su niñez, como a los 10 años, recuerda que muchas veces acompañaba a su padre a una cancha de bochas en un club vecino a su casa; siempre venía el mozo y le servía al padre un vaso lleno de vermouth cortado con soda. El le pedía a su padre y éste le permitía beber de su propio vaso. Me gustaba “la cortada”. “El me permitía”, insiste, refiriéndose a un padre que no acierta a indicar el goce que está prohibido, un padre que no prohíbe y que cuando castiga, lo hace mandado por la madre.
Cuando hace poco, hubo una reunión familiar para tomar una posición en relación a una herencia, la madre llama a Roberto y a su hermana a dicha reunión, el padre no es convocado, “no cuenta, no se asume”, dice. En otro tiempo el padre poseía un importante negocio fundamentalmente de vinos. Llegó a poseer varios negocios, pero por mal manejo finalmente perdió todo.
Se reconoce en esta secuencia, siempre en una fuerte apelación al Otro, siempre buscando ser el centro. Dice que él llega a una reunión, y sin darse cuenta logra rápidamente ser el centro de atención. De pronto todos lo miran: “me hace muy bien esa mirada pero me siento ridículo, un payaso”. La misma mirada que levanta, lo hunde. Cuando aparece lo fálico, inmediatamente cae y lo que queda es un desecho.
Otra experiencia crucial a los 13 años, esto es en plena pubertad. Recuerda el paciente que el día en que con un amigo salieron por primera vez para ir a un boliche a bailar, antes se fueron a un kiosco y compraron una cerveza y luego otra, y otra, hasta emborracharse. Respecto de hoy mismo se pregunta por qué no puede satisfacerse con una sola cerveza que es su límite.
Hay una secuencia de tres momentos de su historia de las que Roberto señala que son puntos respecto de los cuales hay un antes y un después: primero, el momento en que nació su hermana y dejó de ser el centro, de lo que ha dicho, “cuando mi hermana se enfermó, a mí se me acabó”; segundo, el día de esta borrachera cuando interpone el alcohol entre él y la problemática sexual, inaugurando su adicción; en lugar de hacer un síntoma partir del encuentro con el sexo, hace una adicción; en tercer lugar el accidente, un pasaje al acto, identificación con el objeto caído que también marca un antes y un después, según él insiste. Son tres momentos incluidos en su historia con el carácter de una cierta devastación; para utilizar una expresión del sujeto, de un cierto acabose. En una oportunidad puede abordar ese momento en el que traspasa su límite, cuando ha tomado una cerveza y decide seguir con otra, o cuando después de beber, decidía consumir drogas. “Lo que me sucede es que en ese momento lo que hay es nada, ni padre, ni madre, ni novia...nada. Allí asumo que para mí ya no hay nada”. Es la separación absoluta del Otro, y ahí está la droga sin ninguna mediación, el goce separado de la palabra, separado de todo sentido.
La pregunta inicial tiene que ver con las posibilidades del paciente y las posibilidades del análisis. Mauricio Tarrab(4) ya me anticipó una respuesta durante las mismas jornadas en las cuales presenté el caso: dice “...una solución para el paciente sería que no dejara de hablar.” Durante todo el desarrollo de su conferencia, Tarrab mantiene esta línea: “La salida se marca en el trayecto que va del goce al sentido”. Pues bien, así es, desde que asiste a su tratamiento no consume; el mismo lo sostiene en todos sus esfuerzos para mantenerse en un riguroso control sobre la droga. Ahora bien la indicación dice...”que no deje de hablar”.
A propósito de esto he vuelto a buscar elementos que autoricen a sostener estas apreciaciones. Digo esto tratándose de un paciente que pareciera no contar con recursos, ya que es posible preguntarse entonces, de dónde surge la fuerza con que sí cuenta para aferrarse a su mujer?, siendo que es tan notable la carencia paterna, además, cómo entender su tan fuerte apelación al Otro?. Como entender también su relación con el tratamiento en el que aparece como francamente decidido.
Quizá sea posible situar mejor la posición de este paciente si se incluye en su historia otro elemento. Las reuniones familiares a las cuales concurría su madre con él y su hermana eran reuniones donde la persona fundamental es una abuela del paciente, la que ha tenido un papel importantísimo en cuanto que encarna una función de represión. Se trata en una serie de reuniones sobre la asignación de una vivienda a uno de los nietos. El paciente consideraba que naturalmente le sería entregada, en especial dado que él es hijo de uno de los hijos que es considerado como preferidos por esta abuela. La abuela por su parte sostiene la posición de que corresponde entregar esa vivienda a otro de sus nietos, lo que se cumple y lo pone furioso.
J-A Miller(5) hace notar que en el caso Juanito, como en el de Leonardo y André Guide, la función de una doble madre. En el caso de este paciente, parece que se presenta como quien verdaderamente ejerce un poder, a esta abuela paterna. Claro está que no hay allí la P mayúscula del Nombre del Padre, sino una “p” minúscula que expresa a la doble madre. Hay un desdoblamiento de la función materna, dice Miller, para suplir la deficiencia paterna. Son casos donde la metáfora paterna esta desviada, donde no se puede decir que haya forclusión del Nombre del Padre, pero en efecto, hay un padre insuficiente. Es notable lo que agrega. El niño inventa una derivación femenina del Nombre del Padre, trabaja para realizar la metáfora paterna, con los elementos femeninos de su historia.
Parece que esto es “hacer existir”. Quizá la singularidad estaría dada por la elección de esta modalidad de metáfora paterna..
Neolid Ceballos
Bibliografía
1. Miller, J-A, Seminario del Otro que no existe. El Caldero, Oct. 1997. p. 12.
2. Lacan, J. Seminario Aún. Ed. Piados.
3. Miller, J-A Para una investigación sobre el goce autoerótico, en Sujeto, Goce y Modernidad. Atuel – TYA
4. Tarrab, M. Algo peor que un síntoma, en Las Toxicomanías. Un malestar que interroga al psicoanálisis y a las instituciones. TYA- Córdoba- Casa del Joven 2001.
5. Miller, J-A Elucidación de Lacan, EOL Piados, l998. p.446.
P. tiene 20 años y llega a la consulta buscando poner freno a lo que desde hacía 8 meses le ocurría, él lo dice: ”Se me sale la cadena”.
Esto es a partir de una traición, traición es como interpreta la ruptura de la pareja por parte de la novia; mujer de quién pensaba era la mejor del mundo, planeaba toda su vida junto a ella, le daba hasta lo que no tenía.
Es desde la ruptura por traición que se desencadena un tiempo de descontrol y lleva adelante conductas irracionales, de las cuales no puede dar cuenta, no puede explicarse haber estado allí. También comienza con el consumo de drogas, tanto marihuana como cocaína en dosis variables y con puntos críticos de excesos incalculables para él.
Le bastaba escuchar cualquier cosa que tuviera que ver con ella para desencadenar un episodio de consumo intenso, aparejado de distintos problemas.
Saber de ella, aún más verla tenía efectos devastadores sobre el sujeto.
Ubicándonos desde la perspectiva del campo de la mirada encontramos las incidencias de éste objeto pulsional. Para trasmitirlo elegí dos episodios. Con el primero diré de manera general que él mirado sin ella se desploma. Desplomado es un significante utilizado por el sujeto. P. Realiza un intento de suicidio, un acting out, luego de verla con su nueva pareja caminando por la calle. Es con el texto de su relato que se singulariza el hecho y evidencia el objeto pulsional, dice: “La vi con alguien que no era yo”. Allí él mirado sin ella al rato se desploma , se hizo dos tajitos en las venas, un amigo lo encuentra, dice: “Fue patético estaba tirado en el pasillo con cartas y fotos de gente que no iba a ver más”. Escribió a sus amigos padres y ex novia, eran tres puntos a los que podía llegar.
El otro episodio que elegí es cuando P. Quiere atravesar un vidrio. Era un sábado por la noche estaba con sus amigos de regreso a su casa y como lo relata, no dueño de sus actos como en un ataque quiso meterse a un consultorio por el vidrio, los amigos lo detuvieron. En el hecho no incluye la posibilidad de romper el vidrio, sino que atravesaría el vidrio como transparente. Lo que nos ubica nuevamente en el campo de la mirada ya que si es transparente lo es para la mirada del otro. En la secuencia de las entrevistas esto se puede leer en relación a la transferencia, ya que la entrevista anterior a ése sábado pide que le dé un turno el primer día de la semana, porque ése fin de semana se presentaría complicado. Por dificultades horarias mías no pude responder al pedido, y al llegar a la entrevista lo primero que dice, antes de contar el episodio, es que él sabía que tendría que haber venido aquel día; él tenía que contar con que yo lo vería ése día. No fue así y lo que esto significó para él devino en la caída de la mirada del Otro , que tomó la forma de transparente.
Por supuesto es un elemento que cobra su importancia a nivel del semblante. A partir de extraer lo que de la lectura de ésta secuencia se deduce, es que atiendo particularmente cada cosa que dice transformándola en un detalle de importancia, también con la frecuencia de las entrevistas busco, cada vez que lo cito, que se evidencie la importancia de que vuelva, convertirla en una serie que no se corta, en cuanto a la posibilidad de ser dejado caer de la mirada del Otro.
Estos elementos que aportan a la definición del semblante no están solos, también cobra su importancia la posición desde la cual intervenir, representada ésta por un no saber que apunta a que el sujeto sepa, teniendo en el horizonte por un lado poner en duda la certidumbre propia de la compulsión y por el otro que se convierta en un sujeto de su enunciación, un sujeto implicado en su palabra. Así buscar ser otro que desde la incompletud hace que él sepa, que tiene algo , algo siempre agalmático. Buscando crear un impasse, descompletar lo que la pulsión escópica e invocante taponan.
Al momento de pensar en la definición del semblante es necesario no perder de vista los efectos devastadores de una relación con Otro al que nada le falta, que puede ser todo para él.
Entiendo a éstos efectos devastadores como las huellas que hay que rastrear en la relación originaria con el deseo materno.
El efecto devastador del deseo materno es cuando se pone en juego sin la mediación paterna, lo que no necesariamente es la forclusión del N del P, ya que , precisando un poco en las toxicomanías de lo que se trataría es de la ruptura con los efectos de la instancia paterna : La castración y la premisa del falo. Entonces no es la ausencia de la función fálica sino de lo que Lacan llama: “ Una ruptura” , lo que propicia a pensar que ha habido inscripción.
Así como efecto de la ruptura con el falo emerge un goce por fuera de la regulación fálica , que a diferencia de la psicosis no es vivida como del Otro.
Los resultados de las investigaciones del T y A ponen en relieve que la operación de ruptura que el tóxico introduce con el goce fálico implica un goce que proviene del Superyo en la vertiente del deseo materno.
J.A.MILLER, en septiembre de 1981, habla del superyo como imperativo de goce, vinculado al deseo materno, una ley sin sentido y caprichosa. Un deseo sin ley. Se trata del deseo materno antes que el significante del N del P lo metaforice.
Entonces lo que está en juego en éste goce es el imperativo de goce ¡Goza!, es la demanda en su estado puro.
El falo es la barrera a la satisfacción de ser el objeto exclusivo del DM; en tanto que el efecto devastador de éste deseo se ubica en el punto de la madre ( Cocodrilo) como gran Otro que escapa al intercambio fálico a la ley simbólica; si el niño es su objeto exclusivo queda a merced de la satisfacción de la demanda del Otro. Diría de la demanda en su estado puro.
Si bien algo de la constelación edípica se puede deducir por sus efectos, hay un dato importante de la relación al padre de éste sujeto, es la presencia de la identificación melancólica. El padre es un hombre que ante la muerte de su propio padre se hace alcohólico, intenta suicidarse y termina internado para su recuperación. P. Tiene un recuerdo de lo que vio como signo del acto llevado a cabo por su padre: Una mancha de sangre en el pasillo.
EL SUPERYO Y LA ACTITUD HUMORISTICA
Quiero resaltar un rasgo particular de P.: Es el don de hacer reir. Lo que con FREUD llamaré “Actitud humorística”. Rasgo que cobra su importancia en la dirección de la cura y orienta hacia la posibilidad de una denominación digna para éste sujeto.
S. FREUD en un preciosos artículo de 1927 “ El humor” despliega una hipótesis dinámica de la relación del humor con el Superyo. Sostiene que la esencia del humor consiste en ahorrarse los afectos que habría dado la ocasión y en saltarse mediante una broma la posibilidad de tales exteriorizaciones de sentimiento. En esa medida el proceso del humorista tiene que coincidir con el del oyente, producir un eco en el oyente.
Sostiene FREUD que el humor no solo tiene algo de liberador ( como el chiste y lo cómico ) sino algo de patético y grandioso , y que lo grandioso reside en el triunfo del narcisismo, en la inatacabilidad del yo triunfalmente aseverada. Características que presenta el humor de P. quien ante algunas situaciones complicadas y hasta patéticas logra sortearlas con un toque de humor.
Los dos rasgos del humor descriptos por FREUD, el del rechazo de la exigencia de la realidad y la imposición del principio del placer lo llevan a ubicarlo en la serie de aquellos métodos de la vida anímica que sirven como defensa a la posibilidad de sufrir, serie que se inicia con la neurosis y culmina con el delirio, en la que se incluye la embriaguez, el abandono de sí y el éxtasis.
S.FREUD se pregunta cómo la actitud humorística lleva adelante esa función defensiva sin resignar el terreno de la salud anímica. A la respuesta la busca por la vía de la compleja estructura del yo, la cual alberga en su núcleo a esa instancia particular: El Superyo.
La hipótesis de FREUD es que así como el chiste sería la contribución que lo inconsciente presta a lo cómico, de manera semejante “El humor sería la contribución a lo cómico por la mediación del Superyo".
Sin desconocer que la ganancia de placer no armoniza con la severidad del Superyo, sostiene como verdadero que el Superyo, cuando produce la actitud humorística, no hace sino rechazar la realidad y servir a una ilusión. Para terminar con éste comentario lo cito a FREUD : “ Atribuimos un valiosos carácter – sin saber muy bien por qué- a éste placer poco intenso, lo sentimos como particularmente enaltecedor”. ( Sigmund Freud. “ El humor”. Pag.161. (1927 ).
Como digo al comienzo de éste apartado se presenta el “ Rasgo de humor” como una posibilidad en la dirección de ésta cura.
Natalia Andreini
Bibliografía
Sigmund Freud. Obras completas. Amorrortu Editores. Ed. 1995
Jacques Lacan. Seminario veinte. Paidós. Ed. 1995
Jacques Alain Miller. De mujeres y semblantes. Cuadernos del pasador. Ed. 1994
Jacques Alain Miller. El Superyo como imperativo. Sept. 1981
Autores varios. Del hacer al decir. Sujeto, goce y modernidad. TyA.
Mauricio Tarrab, Daniel Silliti, Ernesto Sinatra. Mas allá de las drogas. Plural. Ed. 2000.
La reseña clínica que a continuación se expone intentará trabajar en su desarrollo central la hipótesis del tóxico como aquel que en su operación evita la confrontación del sujeto con el partener sexuado.
Gustavo concurre por primera vez pidiendo que lo ayude a separarse. No es de su mujer de quien está hablando. A ella y a su hija no ve desde hace cuatro años cuando un día, al regresar a su casa, no las encontró; ignorando hasta ese momento el lugar en donde viven. Tampoco es de la cocaína de quien quiere separarse. Con ella está hace veintitrés años, y por ella dice haber perdido todo lo que tenía, hasta la guitarra su bien mas preciado. Es de su madre de quien habla; con quien convive y de la cual depende económicamente ya que no trabaja.
En las primeras entrevistas a las que asiste refiere innumerables situaciones que terminan en hechos de consumo, violentos, o involucrado con personas y lugares de los cuales no tiene registro del modo de haber llegado a ellos, como si fuera ajeno a la responsabilidad que lo implican. Se presenta con un lenguaje poblado de apodos y giros habituales en los adolescentes que contrasta con sus cuarenta años.
De su padre dice haberlo visto unas pocas veces y solo a partir de los 11 años. Hasta esa edad vive con sus abuelos por la tenencia que les fuera otorgada luego de la separación de sus padres y ante la negativa de ellos de aceptar la tenencia. Algunas esporádicas visitas lo acercan a su madre quien logra por vía judicial llevarlo a su casa. A su abuelo materno de origen irlandés le agradece haber heredado el gusto por el jazz y su primera guitarra. De joven intenta buscar a su padre, luego de recorrer varias provincias durante varios meses lo localiza en el sur del país. Este encuentro terminó con su regreso a Buenos Aires una semana después luego de entender “que no tenía interés que estuviera allí. Solo me pago el hotel y la comida y yo lo buscaba a él”. Al momento de la consulta no sabe nada acerca de él.
Gustavo empieza por aquello que lo trae: su madre. Menciona situaciones de robo, amenazas e insultos de su parte, refiriendo de ella su constante provocación, y la poca distancia que le deja para poder moverse. No es simplemente una cuestión espacial; agravada en ese momento por el beneficio de una licencia laboral que le permite estar en la casa. Es un desafío a no estar ausente al que él no tiene respuesta y que lo provoca por su impotencia.
Ha encontrado un espacio para su palabra, concurre tres veces por semana y a medida que el tratamiento transcurre se va reduciendo la frecuencia de su consumo hasta llegar a la suspencion. Es un encuentro con un otro para hablar, no para gozar ni ser gozado; en este contexto se va produciendo algo para él desconocido, el efecto de la palabra. No habla de “la droga” sino de lo que lo aqueja. El toxico cae ante la irrupción del significante, si hay palabra no hay toxico. Aparece entonces un malestar relacionado con su “no hacer nada” ya que pasa la mayor parte del tiempo en su casa (con su madre). Se plantea ahora una nueva situación: su estancamiento en la busqueda de trabajo y una fuerte angustia.
Sin el tóxico Gustavo puede retomar alguno de sus vínculos sociales que le permiten ausentarse de su madre, quien pone todas las trabas posibles en especial si son mujeres. Si alguna llama y quiere pasar un mensaje contesta “Gustavo aquí no vive mas”. En esta recomposición se vuelve a vincular con una antigua amiga. Al tiempo (semanas) y como si hubiese sido ajeno a la desicion se “encuentra” con que su amiga Nora esta instalada en su casa como su pareja. No pasa mucho tiempo que empiezan a generarse situaciones de enfrentamiento entre los tres habitantes de la casa. El al verlas pelearse escucha a su madre decir: “en esta casa falta un hombre”. Gustavo acusa recibo de este mensaje y se pregunta “que hago con estas mujeres”.
Un hecho precipita la decisión de mudarse con su pareja a una casa. Nora le comenta a la madre de Gustavo los gustos sexuales de este y en especial un comportamiento por el cual antes de tener relaciones prefiere vestirse con ligas, medias y ropa interior de mujer. Se muestra avergonzado “Nora violó mi intimidad cuando se lo dijo”. En el relato hace incapie en lo humillante que es que su madre sepa sobre su sexualidad "porque tiene que saber como lo hago!"; algo del sujeto y su division empieza a aparecer. La sexualidad le posibilitaba irse del campo materno, en especial al ignorar ella su practica. Llama la atencion como luego de este hecho el paciente consigue trabajo a la semana y se muda. Junto con la mudanza interrumpe el tratamiento; en el transcurso de dos meses de convivencia, Gustavo pierde el trabajo y discute violentamente con Nora regresando con su Madre.
Retoma la consulta, es un continuar no un empezar, bajo esta línea se trabaja en las siguientes sesiones a las cuales asiste muy angustiado. Su vinculo con Nora no ha terminado, hablan varias veces por día pero sin poder definir claramente con que signo están marcados esos encuentros, si es bajo la amistad, el amor o el sexo. La única marca que reconoce es el dinero que Gustavo luego de haber recuperado el trabajo de da. Dice creer que la quiere y a los dos meses vuelve a intentar vivir con Nora abandonando nuevamente el tratamiento. A las dos semanas pierde el trabajo luego de consumir y abandonar el auto con el que trabajaba. Nora es ahora su incógnita: la quiero? me usa? no se que hacer frente a ella? Salvo este episodio de consumo en concordancia con estas preguntas no registra desde hace varios meses el uso de tóxicos. Luego de este fallido intento Gustavo vuelve a la consulta sin la frecuencia que al principio de su tratamiento sostenía, hasta que dos meses después deja por completo de concurrir.
Un llamado telefónico a la casa materna donde reside lo trae nuevamente a la consulta. Asiste esporádicamente muy angustiado marcando desesperadamente sus imposibilidades, inclusive la de poder dejar de ver a Nora. Una frase marca las esas entrevistas “ya no me sirve mas consumir”. La última vez que concurre dice que su única salida es la de correrse de esos lugares que lo llevan a lo peor. Ubicando la necesidad de “separarse” de su madre e historizando su modo de vinculación con el otro, se sorprende de escucharse hablar así.
La hipótesis a desarrollar del tóxico como la sustancia que en su operación evita la confrontación del sujeto con el partener sexuado encuentra en este tratamiento su confrontación. El paciente se encontró frente a una disyuntiva: la de avanzar en su análisis (donde podría llegar al punto sin retorno de la elección y del encuentro con el otro sexo) o la posibilidad de interrumpirlo. Las razones de su elección advierten sobre otras cuestiones a considerar en la hipótesis: sus posibilidades reales de construcción de un simbólico que opere sobre el goce materno, la necesaria instauración de la función fálica para posibilitar el encuentro postergado, su responsabilidad subjetiva y la posibilidad y decisión de hacer de su tratamiento un lugar privilegiado donde poder construir y sostener este encuentro. El posible abandono es la ilusión de una marcha atrás como escapatoria. Pero la interrupción no es el impase del toxico que posterga la elección; la interrupción lo deja en el límite de la entrada a ese callejón. La desaparición del tóxico lo ha dejado sin mediadores de manera que aparecería lo que primero debe aparecer, aquello que quiso evitar durante años: el otro sexo. Ya la madre, garante y sostén de este impase nada puede hacer frente a su angustia no pudiendo tampoco evitarle el encuentro con el otro.
Terminada la tregua que durante veintitrés años de consumo le permitieron no decidir, Gustavo puede avanzar ahora sobre la pregunta por su partener, quien es ella para mi, si no hay respuesta y solo queda a merced del goce materno ante la falencia en la función fálica no habrá escapatoria. Por el contrario confrontarse al amor del otro y a su falta intentando responder a esa pregunta podrán ser una salida posible.
Daniel Coppola